La perra voladora
Casandra Otgar 2012
Este
es un mensaje para quien quiera que sea el que administra este lugar.
Estimadísimo señor. Humildemente me dirijo a usted y espero que haberme tomado
este atrevimiento no perjudique la situación vital de nadie diferente a mí. Soy
una perra, no una de las mejores y más destacadas, soy una perra común y
corriente, mestiza, de estatura media y pelaje largo y abundante. En este
momento se me tiene encerrada en una pequeña celda, al parecer destinada a
criminales y asesinas. Pero la razón de mi crimen, la desconozco. Se me trajo
de noche, y no se me dieron explicaciones. Al encontrarme completamente sola en
mi celda, he decidido escribir un breve resumen de mi vida, numerando uno por
uno los motivos potenciales de mi detención, y tratar, de una manera
desafortunadamente marginal y desesperada, de aspirar hacia la justicia.
Mis
anomalías son muchas, y aunque aparento ser una perra como cualquier otra, toda
mi vida intuí que iba a terminar de esta forma, es más, no lo intuía,
encontraba señales en todas partes, señales mudas que me describían
detalladamente cómo sería mi fin. Durante mis primeros cinco años de vida, no
se sabía si yo era una perra o una gata. Esta ambigüedad, inevitable para mí ya
que era una criatura sin conciencia de mí misma, me apartó brutalmente de mis
compañeras, tanto gatas como perras. Por otro lado, al no saber qué era, no se
sabía muy bien cómo educarme. Los entrenadores, sin embargo, son unos hombres
muy especializados en su profesión, y sabían, obviamente, que lo mejor sería
educarme como a una gata, ya que entre una perra y una gata la diferencia de
prestigio es mucha. Por otro lado, me examinaron muy bien y llegaron a la
conclusión de que me parecía más a una gata que a una perra. Así que fui criada
junto a las gatas, y se me trató como tal. Los juegos gatunos me resultaron,
sin embargo, extremadamente inapropiados, tanto que llegaron a atormentarme, y
yo comencé a presentar todo tipo de comportamientos que ponían en peligro la
seguridad de las demás gatas. “Es una pena” decían los señores entrenadores,
“Que teniendo la oportunidad única de convertirte en una hermosa gatita, te
comportes como una sucia perra”. Se me estudió con todo el rigor que debe ser
usado en tal caso de anomalía. Lo que nunca le pude explicar a mis entrenadores
fue mi incompleta indiferencia ante la enorme brecha social que existe entre
perras y gatas. Para mí, en mis oscuros
orígenes, tal diferencia no existía y carecía de importancia intelectual preocuparse
por ser una de las dos. Los juguetes cuidadosamente preparados a las gatitas
por los entrenadores, que, son mucho más caros que los juguetes que se les da a
las perritas, llegaron a producirme repulsión. Una extraña repulsión, que al
parecer solo conozco yo, ya que las perras normales están entrenadas para
desear ser gatas, y por lo tanto idealizar todo lo que tenga que ver con ellas…
mi repulsión no era propia ni de una gata ni tampoco de una perra. Sin embargo,
recuerdo una primera época en la que me sentía cómoda entre las gatas, días
soleados, en refinados jardines de rosas, llenos de hermosas gatitas saltando
de un lado a otro y mordiéndose la cola, ronroneando sobre el pasto y tomando
el sol, o persiguiendo mariposas. Yo miraba los rostros inocentes de mis
compañeras y sentía felicidad, incluso me sentía orgullosa de ser una gata,
pero cuando aparecía a la vista un entrenador, se apoderaban de mí los miedos
más espantosos. Esto se explica porque los entrenadores encargados de mí y de
mis compañeras tenían la orden de vigilarme y estudiarme, por mi anomalía y
monstruosidad originales, y yo, como la criaturita que era en esos días, no
entendía por qué se me vigilaba de ese modo, poco a poco desarrollé en secreto,
horror por los entrenadores, los relacionaba inmediatamente con la idea de que
yo era un ser anormal. Pero en esos días no lo era, porque nadie, aparte de los
extraños entrenadores que no quitaban sus ojos de mí, mostraba hacia mí ninguna
desaprobación. Mi comportamiento era como el de toda una gatita, tenía muchas
amigas y disfrutaba de la vida sin preocupaciones. Sin embargo, antes de cada
comida, un entrenador musculoso y robusto me levantaba del piso con sus manos
gruesas y me llevaba a un lugar que me producía terror, en donde me abrían el
hocico, me examinaban las entrañas con una linterna, me medían las patas y me
pesaban en una balanza. Luego me llevaban de vuelta donde las demás gatitas, y
todas ellas ya terminaban su comida, mientras que yo apenas empezaba. Esta fue
una de las primeras cosas que empezó a darles curiosidad a mis compañeras. ¿Por
qué se ausentaba? ¿Por qué se la llevaban? ¿Por qué cuando todas nosotras ya
terminamos ella hasta ahora empieza? Empecé a atrasarme, no solo en eso, sino
en realidad en todas las actividades gatunas, en los juegos siempre era la última,
y poco a poco mis compañeras comenzaron a darse cuenta de que yo no era una de
ellas. Esto era porque estábamos creciendo. En el momento en el que los juegos
dejaron de ser espontáneos para volverse competencias entre ganadoras y
perdedoras, pasé inmediatamente a ser una perdedora. Había muchas otras
perdedoras, pero la diferencia entre ellas y yo era que ellas se esforzaban por
ganar, mientras que yo aceptaba mi destino como algo que ya estaba previsto, y
miraba entonces al horizonte, al rostro de los entrenadores, y los descubría
nuevamente vigilándome. Luego vinieron tiempos más duros, en los que tuve que
soportar el rechazo y el desprecio de mis compañeras de crianza, dándome cuenta
de que había perdido tantas veces y estaba tan atrás, que ya no había nada que
hacer para remediarlo. Me convertí en un ser solitario y melancólico, y no
encontraba el apoyo de ninguna gata, así que tuve que vérmelas cara a cara con
los entrenadores, que me horrorizaban. Estos insistían en que no era posible
que yo no me adaptara al universo gatuno. Pero, ¿En qué se había convertido el
universo gatuno? Nos enseñaban a despreciar a las perras, nos enseñaban a ser
delicadas y distinguidas, nos enseñaban a acicalarnos y limpiarnos
constantemente, nos enseñaban a caminar con elegancia y sensualidad, y esto me
resultaba tormentoso, porque no podía sacar de mi mente la mirada inquisidora
de los entrenadores, y toda percepción de mí misma estaba fundamentada en el
miedo y la culpabilidad de ser una gata monstruosa y anormal. Luego se
intensificó la educación gatuna, nos trajeron todo tipo de espejos, espejos por
todos lados, en el techo, en el piso, en las paredes, almohadas de espejos, platos
de espejos, y nos enseñaban a mirar durante horas y horas nuestro reflejo.
Todas las gatas se emocionaron con esta novedad, y todas desfilaban felices
delante de los cristales, todas menos yo, obviamente, que me quedé pasmada al
verme en un espejo por primera vez. Había descubierto por qué estaba tan
infinitamente separada de mis compañeras, había descubierto la razón de la
rudeza en los ojos de los entrenadores. Era muy parecida a una gata, solo que
mi pelo era extraño y enrulado, mi hocico mucho más largo y mis patas más
gruesas. Mientras mis compañeras coqueteaban con sus propios reflejos, yo
estaba aterrorizada de semejante descubrimiento, me invadió un sentimiento de
culpabilidad espantoso y no me enteré en qué momento las gatas comenzaron a
jugar a maquillarse y a competir por cuál de ellas era la más hermosa. Yo
estaba afuera. Ya ni siquiera se me rechazaba, ya nadie se tomaba la molestia
de discriminarme, simplemente me ignoraban y yo las ignoraba a ellas, comencé a
comportarme como si no existiera, como una especie de fantasma, trataba de no
hacer ruido, de no hacerme notar y sobretodo de no hablar, de que todos se
olvidaran de mi existencia por completo para que el curso de la vida pudiera
seguir sin errores y sin obstáculos. Desde que me vi reflejada en el espejo,
supe que el mundo era perfecto como estaba, que el único error que tenía el mundo
era yo, y por lo tanto que la única manera de remediar el delito de existir y
desequilibrar la armonía perfecta del universo con mi inútil existencia, era
hacer lo posible por desaparecer. Fue entonces cuando recibí mi primer golpiza
de los entrenadores. Estos hombres están equipados con todo tipo de látigos,
bolillos, palos, bastones, son una fuerza militar inigualable, y me lo hicieron
sentir con todo su esplendor, lo que me llevó a tenerles mucho más miedo del
que ya les tenía desde un principio. Me apalearon y luego me reinsertaron en el
universo gatuno, en donde descubrí que las gatas habían entrado en una especie
de guerra de cada una contra las demás, se hacían alianzas, se traicionaban
entre ellas, pero todas tenían en común que adoraban a los entrenadores. Cada
una soñaba con un entrenador para ella sola, era un sentimiento común entre las
gatas de esos tiempos soñar con un entrenador individual e íntimo, mostraban
sus caderas y sus curvas, sus movimientos sensuales y delicados cada vez que
aparecía un entrenador, y entonces se arañaban entre ellas cuando sentían
rivalidad. A mí todo esto me resultaba absurdo y no comprendía en qué momento
las gatas habían comenzado a comportarse de ese modo, y con qué finalidad
realizaban todo ese tipo de excentricidades, ya que un entrenador era para mí
la cosa más espantosa en la que se podía pensar, y si veía uno a lo lejos, mi
reacción era más bien esconderme pues su violencia me atormentaba. Sin embargo,
esto no me salvó de la violencia de mis compañeras las gatas, que incontables
veces me arañaron y me humillaron, algunas burlonas y orgullosas de su belleza,
otras porque sentían que esa era la normalidad, y no comprendían por qué yo no
las atacaba. Mis diferencias fisiológicas se habían intensificado
desastrosamente, mis uñas no servían para nada, así que me dediqué a abrir
huecos en la tierra como toda una perra, pero la diferencia es que lo hacía de
una manera tan compulsiva y obsesiva, que hasta una perra se habría asustado.
El día que me negué a seguir comiendo, fue definitivo para que los entrenadores
tomaran una decisión. Se me expulsaría definitivamente del mundo de las gatas y
sería insertada en la perrada.
A
las gatas se les respeta su integridad física desde que nacen. A nadie se le
ocurre amarrar a una gata, o ponerle dispositivos en el cuerpo, o enroscarle un
collar alrededor del cuello. Yo había vivido, hasta aquel tiempo, en un mundo
en donde no se me había violentado realmente, respetando mi cuerpo, así que no
conocía los horrores que implica el amaestramiento que debe vivir una perra. Se
me golpeó incontables veces, me pusieron un collar con un código y por lo
general no se me permitía andar sola, siempre colgando de una cadena o un cable
o una cuerda, de modo que no es raro que mis modos elegantes y distinguidos que
había aprendido en un principio en el jardín de las gatas se agotaran y adquirí
un aspecto más rudo y poco a poco le perdí el terror al dolor. Cuando llegué a
la perrada, habían pasado muchos años, por esto llegué como una completa
extranjera. No conocía las leyes que regían este lugar, ni siquiera conocía a
otra perra, no sabía qué tipo de comportamiento era el adecuado. Era una
especie de sótano gris y sin vida, con colchones públicos y llenos de pulgas.
Me dejaron allí sin hacer ninguna presentación previa, y me sorprendió la
calidez con la que me recibieron las perras. Al principio todas me rodeaban en
círculo, batiendo la cola y oliéndome, y yo les contaba de otra tierra lejana
en donde había jardines y muchos espejos, y todas se emocionaban. Luego vino el
entrenamiento perruno, se nos entrenaba para hacer todo tipo de saltos y
bailes, y los castigos eran muy severos. Para dormirnos por la noche, nos
conectaban un televisor que proyectaba imágenes de gatas, gatas mayores, gatas
que yo no había alcanzado a conocer, gatas que vendían cosas como perfumes y
que eran expertas en uñas y en el cuidado capilar. Las perras se emocionaban y
todas ellas trataban burdamente de imitar a las gatas, sin resultado, ya que su
naturaleza perruna no les permitía moverse con ninguna gracilidad y terminaban
haciendo vulgares parodias de lo que veían. Yo permanecía quieta, tratando de
entender, llena de dudas y comenzando a comprender las dimensiones de la grieta
que existía entre las dos especies, dándome cuenta de que si hubiera
permanecido en el jardín de las gatas habría salido en aquel televisor siendo
el modelo a seguir por las perras, y comencé a tener intensas preocupaciones,
que me llevaron a arrepentirme del rumbo que había tomado mi vida. Se me
comenzó a ocurrir que si hubiera aguantado unos años más en el jardín de las
gatas, habría podido salir en aquella pantalla diciéndoles a las perras
mensajes definitivos contra los entrenadores, haciéndoles entender que ellos
eran peligrosos y hablándoles de lo armados que están y del poder que tienen,
en fin, si hubiera permanecido siendo una gata anormal habría podido producir
una revolución de conciencia entre las perras, pero ya era demasiado tarde para
darme cuenta de esto y tenía que aceptarme como perra. Esto no fue difícil. Fui
una perra líder. Gocé en un primer momento de mucho prestigio, pues era
elegante para ser una perra y anormalmente culta. Pero cuando comenzó a verse
claramente de qué se trataba nuestra profesión sexual, yo retrocedí, me
avergoncé, lloré y me sentí morir. Al parecer, perras y gatas coincidían en una
misma cosa: todas querían a los entrenadores, soñaban con ellos, les suplicaban
que las entrenaran más, que corrigieran su bestialidad. La diferencia estaba en
que a las perras se les trataba de convertir en gatas, muchas veces en vano.
Algunas perras en la historia lo habían conseguido, se habían transformado en
gatas, con mucho entrenamiento y mucha insistencia, casi que dedicándole más de
la mitad de sus vidas a ello. Todas las perras tenían ese sueño interior, de
ser como las gatas, de moverse elegantemente como ellas, y a mí me entristecía
recordar cómo las gatas las despreciaban. Mi anomalía era mucho más inmensa de
lo que yo misma me podía imaginar. Comencé a desaprobar tanto a gatas como a
perras, odiando a las primeras y compadeciéndome de las segundas, pues todas
ellas amaban a los entrenadores, mientras que yo los despreciaba infinitamente.
Esos hombres musculosos, violentos, militares y calvos con pelo en el pecho y
manos hinchadas, y barbudos, sudorosos, no me producían la más mínima simpatía.
En general, todas las hembras que había conocido veían en sus futuros una
especie de negociación con uno de ellos, en donde ellas dejaban de pertenecer a
una institución de entrenamiento y salían a la sociedad acompañadas de un
entrenador particular que, según ellas, las defendería del mundo y las haría
felices. ¿Cómo podían imaginar estas cosas? ¿Es que no se daban cuenta de que
todas éramos prisioneras, y que ellas buscaban la sanción, la opresión, la
negación y el desprecio, en fin estaban buscando la violencia y no la
felicidad? Lo que ocurría con esto es que mi concepto de felicidad era muy
diferente. Ellas buscaban la protección, yo buscaba el conocimiento. Quería
saber por qué estaba allí, de dónde venía, para dónde iba. Las demás perras
trabajaban incansablemente en tareas o bien sexuales o bien reproductivas, trabajaban
como obreras sin descanso, y sin embargo se sentían débiles y soñaban con un
entrenador que las protegiera. ¿De qué?, ellas no lo sabían, pero yo sí. Ese
deseo de protección, y un autoconocimiento débil y lleno de miedo, eran
inventos de los entrenadores. Yo lo sabía, los sentimientos por los cuales una
perra era una perra, eran métodos de control inventados por los entrenadores. ¿Cómo podían amarlos?, les dije una y otra
vez. Las incité a la revolución. Pero luego descubrí que me proponía a hacer algo
imposible. Las perras eran ignorantes, creían más en la mentira que las gatas
mismas, en realidad sería más fácil dialogar con una gata que convencer a una
perra de que se encontraba bajo una dictadura emocional. Las perras
reaccionaron de una manera inesperada. Explotaron contra mí ladrándome con
resentimiento. Pero no sabían por qué ladraban. Lo más triste de todo, era que
yo si sabía por qué. Los entrenadores y las gatas ladraban a través de ellas.
Me aparté decepcionada y solitaria. Al
darse cuenta de que a mí tampoco me interesaban las actividades perrunas
tradicionales, en mi anomalía no había vuelta atrás. Los entrenadores lo
sabían, y no encontraron qué hacer conmigo. Poco a poco me tomé mi papel en
serio. Me convertí en una perra bastante librepensadora, trabajaba muchísimo,
pero no soñaba ni con entrenadores ni con protección, mi miedo por los
entrenadores se había convertido en desprecio, y a partir de este desprecio
construí mi amor propio y mi integridad personal. Hubo castigos muy severos, se
me torturó, se me golpeó, y por esto aprendí a mentir y a engañar a quienes
tenían el poder. Sin embargo, algo comenzó a ocurrir que me hizo alejarme más
aún hacia un camino solitario. Al parecer fue cuando mi generación de perras y
gatas ya estaba lista para salir al mundo. Un día me escurrí jadeando por un
hueco (una especie de tubería) ausentándome de la tradicional tarde de
televisión. Caminé largo tiempo con mis cuatro patas caninas por aquellos corredores
solitarios, y me entrometí en mis pensamientos, como solía hacer muy a menudo.
Pero, de repente, vi una luz, un centelleo que ni siquiera en mis días de
esplendor gatuno había visto: me fijé mejor, y allá entre la luz había algo así
como un hombre, algo así como un perro, algo así como alguien que no había
visto jamás. Mi curiosidad gatuna y mi miedo canino eran la misma cosa. Me
acerqué para verlo mejor. No era un entrenador. Era diametralmente opuesto:
bello, delicado y de expresión amable. Pero, ¿Era alguien? ¿O en realidad era una especie de espejismo? No lo podía
saber. Estaba bastante sorprendida. Y cuando este extraño ser de luz me miró
fijamente y me habló, quedé más sorprendida aún. Me alabó, me dijo que era
inteligente, me dijo que mi corazón era noble. ¿Cómo sabía las dudas que yo
ocultaba en mi corazón? Esa noche me fui muy pensativa a la cama. De esta
manera, estimadísimo señor, descubrí muy prematuramente a los fantasmas. Esta
fue una actividad absolutamente ilegal, creía yo. Desde aquel día, entré en
contacto con ellos, pues al parecer me querían, y eso era muy reconfortante, y
además podían adoptar la forma que yo deseara, por esto eran seres hermosos
todos ellos, siempre luminosos y todos ellos inteligentes. Eran, sin embargo,
todo un misterio para mí. Toda una sociedad de fantasmas, millones, y ¿Cómo era
posible que nadie más los viera? Según lo que yo podía suponer, estas criaturas
eran más marginales que yo, y en principio yo los admiraba, pues eran todo lo
que yo había deseado ser, invisibles, transparentes. Sin embargo algo me decía
que estos seres en realidad no existían. ¿Cómo comprobar que no se trataba de
un delirio? No era comprobable. Cuando yo trataba de acercar mi hocico a ellos,
de tocarlos con mis patas o lamerlos, no se sentía absolutamente nada, solo
vacío, pero podía verlos y escucharlos, y, con mi desesperación juvenil por
encontrar aliados en la lucha, con este extraño contacto audiovisual me bastaba
para sentirme feliz a su lado. Comencé a ir en busca de ellos todos los días, y
de esta manera sentía que me hacía más fuerte, porque ellos pensaban como yo y
siempre me daban la razón, y esto me hacía perderles el miedo a los
entrenadores y despreciarlos aún más. Me dediqué a investigar a los fantasmas.
No sabía de dónde venían y por qué se me aparecían a mí, y no a cualquier otra
perra. Repetidamente me hicieron sentir especial, y esto me hizo cometer el
error de a veces sentir que mi anomalía me hacía ser más interesante, cosa que
no había sentido hasta entonces. Hasta entonces había sentido culpabilidad por
mi anomalía y un poco de resentimiento por las innumerables penas y pánicos que
había tenido que resistir por ello. Todo esto se traducía en un extraño sentimiento
revolucionario, que no estaba fundamentado en nada más que en el mismo miedo y
era el efecto que producía la causa inexplicable, mi monstruosidad, mi
diferencia. Pero jamás me había sentido orgullosa de ello. Hasta mi encuentro
con los fantasmas, yo creía que mi anomalía era lo que me impedía ser feliz.
Pero los fantasmas me convencieron de que a través de mi anomalía encontraría
una felicidad superior. De alguna manera, encontré la identidad que hasta el
momento no había construido. Me identifiqué con mi anomalía, hasta tal punto
que ella y yo llegamos a ser la misma cosa. En una de esas reuniones
clandestinas con el pueblo de los fantasmas, que tenían lugar en lo más
profundo de las tuberías subterráneas, conocí un ser al que llamaban Reg. Me
fijé en él porque lo encontré parecido a mí, a veces era un gato, a veces era
un perro, pero yo era perfectamente consciente de que se trataba de otro
fantasma. Sin embargo él se definía a sí mismo como un perro, como un perro
revolucionario, y no es raro que haya causado en mí fascinación, ya que lo veía
como un espejo, y esto se intensificaba porque cada vez adoptaba la forma más
adecuada a lo que yo podía desear, y sin embargo era un ser mutable, a veces se
dividía en dos, a veces era uno solo, a veces no estaba, brillaba de acuerdo a
mi estado de ánimo, a veces era todo un gato, y a veces no lo era del todo, en
fin se adaptaba constantemente a lo que yo quería que fuera. Entablamos una
profunda amistad él y yo, compartíamos ideas, y él me enseñó mucho más de lo
que cualquier persona me había enseñado. Y es verdad que yo lo amaba, es más,
lo sigo amando, pues es el único ser del que alguna vez he aprendido alguna
cosa. Pero ¿qué clase de amor era este? En esencia, Reg y yo no estábamos
hechos de la misma sustancia. Cualquier intento de relacionarme con él o con
cualquier otro fantasma se centralizaba únicamente en un contacto visual y
auditivo, y esta irrealidad a veces me asustaba. Los fantasmas, son seres
virtuales, están permanentemente en potencia y por ello no poseen una forma
establecida, son neblinas brillantes, y cambian constantemente de un cuerpo
virtual a otro. Cuando yo regresaba a la perrada y hacía preguntas con respecto
a los fantasmas, nadie me sabía responder. Al parecer yo era la única que los
había visto, y esto yo se lo adjudiqué a mi anomalía. Ninguna perra había visto
jamás a un perro. No existía aquel concepto entre mis congéneres. En la lógica
de todo el mundo solo existían perras, gatas y entrenadores. No existían ni
fantasmas, ni perros, ni gatos. Todo esto parecía una locura inventada por mí
en mis ratos de soledad. Pero yo hacía otro tipo de reflexiones. Comparaba a
los entrenadores con los fantasmas y esto me hacía ver a los entrenadores
enteramente ridículos. ¿Cómo se podía comparar la elevada inteligencia, firmeza
intelectual y cultura de los fantasmas con la brutalidad de los entrenadores,
feos y descuidados? Por otro lado se me empezó a ocurrir que afuera del centro
de entrenamiento, existían perros y gatos de verdad, y que eran iguales a
nosotras, que también se les entrenaba y que algún día los conoceríamos.
Desperdigué esta idea entre las perras, y se propagó como un chisme muy
rápidamente. ¡Existían perros! ¡Existían gatos! Iguales, entrenados y de
nuestra especie, y algún día los conoceríamos. ¿De dónde surgieron estas ideas?
No lo sé. Lo intuía, lo quería creer en mi corazón. Porque mi anomalía había
vivido muchas pequeñas evoluciones, y ahora se había transformado en un hambre
de justicia. El mundo del centro de entrenamiento comenzó a parecerme aburrido,
oscuro y sin sentido, mientras que mi contacto con los fantasmas me apasionaba
cada día más. Sobre todo con Reg, que era el único perro que conocía, o creía
conocer más allá de su virtualidad. Él era todo un investigador, bastante
pesimista, por cierto, pero se proponía a sí mismo metas avariciosas y creía
firmemente en la revolución de espíritu. Según lo que yo recuerdo, él y yo
llegamos a ser de la misma especie, batíamos la cola a la par y caminábamos
sobre cuatro patas caninas de igual a igual, él era blanco con negro y yo
bastante amarillenta, pero en fin, éramos dos perros, o eso era lo que yo creía
firmemente. Se me comenzó a olvidar que él era un fantasma. Y este olvido era
una enfermedad, que se expandió en muchos aspectos de mi vida. El concepto
normal y lógico de lo que es la realidad se hizo pedazos. La realidad ahora era
mucho más amplia, pero al no ser aceptada mi realidad deseada, la de los
fantasmas, por los entrenadores y las perras, comencé a negar la realidad en sí
misma y aceptar lo virtual como real y viceversa. Las cosas más espantosas
sucedieron entonces, pero nada de esto me producía sorpresa. A toda hora me
elevaba pensando en perros fantasmas, particularmente en un perro fantasma al
que amaba más que a mi vida misma. No me sorprendió que anunciaran nuestra
salida del centro de entrenamiento. No me sorprendió que para tener autorizado
el sello de salida fuera necesario pagar
un tributo sexual a los entrenadores. En cualquier parte me encontraba con Reg,
y además nadie lo veía, así que más o menos mi vida estaba solucionada. Pagué
mi tributo sexual con una frialdad admirable, que a los entrenadores les
produjo escalofríos. Sin embargo, yo tenía una esperanza. Creía en que era
verdad que afuera del centro de entrenamiento había gatos y perros, y me
frustré, únicamente de una manera teórica, al descubrir que no habían ni perros
ni gatos en ningún lugar, sino más entrenadores, que además no eran muchos y
continuamente los mismos, tristes, pequeños, gordos e inútiles entrenadores,
algunos con corbatas y otros sin ellas, en fin, una sociedad de más y más
entrenadores, que eran tan parecidos entre sí que daba lo mismo si eran muchos
o eran pocos, así que no hubo mucha diferencia entre estar en el centro de
entrenamiento y estar fuera de él. Sin embargo hubo algunas cosas que
cambiaron. Ahora vivíamos en un mismo mundo perras y gatas. Las gatas,
distinguidas, elegantes, con el pelaje brillante, se caracterizaban por volver
locos a los entrenadores, en ocasiones se decía que los manipulaban y se
aprovechaban de ellos, pero por lo general eran castas, fieles a su entrenador
personal, todas las amenazas y chantajes hacían parte de su encanto. Se decía
que eran independientes, pero yo no lo veía así, todo el tiempo las veía
preocuparse por su belleza y por agradar a los demás con su cuerpo, usando todo
tipo de tecnologías para hacer sedoso su pelaje y resaltar sus ojos brillantes.
Buscaban estar a la moda y moldearse a ella, achicando o agrandando sus caderas
según cada temporada, y yo no encontraba en ello ninguna independencia, más
bien me daban pesar. No existía una sola gata sin entrenador. Cada una de ellas
necesitaba de un entrenador para existir. Y dentro de su existencia se encontraba
un extraño discurso de independencia absolutamente falso. Se podía probar su
falsedad por su terror hacia la palabra soledad. No la soportaban cuando la
escuchaban, se trepaban por los hombros de su entrenador y ronroneaban, para
luego rechazarlo y darle la espalda, de modo que entre los entrenadores con
gatas se hacía el chiste de que no había nada más complicado que una de ellas,
¿Quién entiende a las gatas? Decían.
Por
otro lado las perras, vivían bastante frustradas. Algunas conseguían con mucho
esfuerzo un entrenador para ellas solas. Pero por lo general no les duraba más
de una semana. Los entrenadores continuaban golpeándolas sin piedad y
burlándose de ellas. Las perras trataban de parecerse a las gatas. Algunas
perras continuaron con la promiscuidad con la cual se les había educado. Pero
seguían igual de frustradas. Era común, entonces, ver una perra suplicante
detrás de un entrenador distante y apático. Muchas perras fundamentaban la vida
en pasar de un entrenador a otro, sintiendo que de esta manera conseguían
sobrevivir. Tengo que admitir que yo he sido una de ellas. ¿Cómo más podía
sobrevivir? Pero yo guardaba un secreto, estaba enamorada de un perro fantasma,
y me dediqué a hacer lo que ninguna perra había hecho hasta entonces: me
propuse a usar a los entrenadores, como si se tratara de objetos capitales.
¿Cómo lo hace? Preguntaban perras, gatas, entrenadores. He sido una perra
promiscua. He conocido a todas las infinitas gamas de entrenadores que existen.
Y a todos ellos los he usado como objetos de sobrevivencia. ¿Cómo era capaz de
hacer algo así de degenerado? Bueno, yo era un ser en esencia degenerado, así
que no acepto ninguna recriminación moral. Yo amaba a los perros, no a los
entrenadores, quería a alguien de mi misma especie, y como ni siquiera eso era
pensable, mucho menos admisible, prefería amar a un perro inexistente que a un
entrenador. Pero me equivoco en una cosa, yo creía que Reg existía. Sigo
creyéndolo. Y al mismo tiempo sé que el concepto de perro es una invención mía.
En práctica, un perro no existe, es una especie de teoría, más o menos una
utopía, que se caracteriza por permanecer en potencia y no actualizarse jamás.
Su máximo acercamiento a la realidad es un perro audiovisual, pero continúa
siendo un perro virtual. Así que comencé a crear un intenso sentimiento
revolucionario, que consistía en que en algún lugar del remoto futuro nacerían
perros y gatos, compañeros igualitarios de perras y gatas, y esto sucedería en
un mundo en el que los entrenadores no existirían más. Y en ese mundo ideal que
yo proyectaba en el futuro, muchas generaciones después de la mía, perros y
gatos serían iguales entre sí y ninguno discriminaría al otro, por su raza o
por su especie, por sus rasgos físicos o intelectuales, y todos, bajo esta igualdad,
buscaríamos la verdad y la justicia. En fin, era una perra absolutamente
idealista, pero yo sabía perfectamente que sin mi contacto con los fantasmas
nunca habría desarrollado estas teorías, ya que el entorno en el que vivía no
me lo habría permitido. Hablaré ahora, estimadísimo señor, del estudio que hice
del amplio mundo de los fantasmas. Los fantasmas están básicamente hechos de
luz, y la luz puede adoptar cualquier forma. Encontré perras y gatas fantasmas,
que a veces eran perros y gatos fantasmas. A veces, incluso, se transformaban
en entrenadores fantasmas, y luego cambiaban y se convertían en otros animales,
desconocidos, voladores, acuáticos, terrestres. A veces, un fantasma se dividía
en varios fantasmas, a veces, varios fantasmas se convertían en uno solo.
Encontré a muchas perras como yo en aquel mundo. Una de las cosas que más me
extrañaba era que mi contacto con ellos podía darse en cualquier lugar. En una
ocasión, sucedió algo que me dejó muy pensativa, y me llevó a adentrarme más en
mi estudio. Estaba en un corredor grisáceo y solitario, conversando
tranquilamente con Reg, que brillaba, como siempre, encantadoramente. Atrás de
mí, pasó una patrulla de entrenadores que se quedó observándome. Como un eco de
mi infancia lejana, recordé esas mismas miradas inquisidoras posadas en mí, y
me vi atormentada por unas náuseas cuyo origen era bastante remoto. Pero
entonces me di cuenta de que los entrenadores sabían lo que me estaba
ocurriendo, y aunque no podían ver a Reg ni a ningún otro fantasma, conocían la
lógica de lo que estaba haciendo, o sea que de alguna manera mis actividades
fantasmagóricas no eran una novedad. ¿Qué quería decir esto? Antes de alejarse,
los entrenadores se rieron de mí sin musitar una sola palabra. Esa noche, igual
que hacía siempre, me enrosqué al lado de Reg, y una vez más traté de lamerlo,
tocarlo con una pata, obviamente en vano, tratando de demostrarle mi afecto,
sabiendo que si alguna perra me veía haciendo lo que realmente estaba haciendo,
me vería aislada en soledad, frotando mi pelaje con el vacío y lamiendo el
aire. Le hablé a Reg una vez más de mis deseos y mis temores, y le expuse
nuevamente la actualidad de mis investigaciones. Y él me habló de las suyas, me
habló de que el mundo era mucho más amplio de lo que yo me podía imaginar, de
que era saludable pensar desde afuera de la sociedad en la que vivía. Pero esa
noche él me reveló un secreto que me dejó muy entusiasmada. Me dijo que existía
un lugar, un lugar real, en donde los fantasmas tenían un cuerpo, y me dijo que
ese lugar se encontraba en esta tierra, que solo era cuestión de que yo lo
buscara. Seguramente era cierto, era lo más razonable, porque si no era así,
¿de dónde veían los fantasmas? Tenían que existir en alguna parte. Durante esta
época, al parecer comencé a parecerme nuevamente a una gata, pues los
entrenadores me respetaban considerablemente, incluso me llegaron a alabar y
aparentemente me estimaban. Yo ya me había acostumbrado a los giros constantes
que suele dar la vida. Poco me importaba si la gente creía que era perra o
gata. Para sobrevivir, ya que mi autoestima estaba en un momento de esplendor,
se me ocurrieron varias soluciones a mi existencia. Una de ellas era algo que,
según mis consideraciones, a nadie se le había ocurrido antes. ¿Podía yo convertirme
en una especie de entrenadora de entrenadores? Esto era muy inseguro.
Inmediatamente en ese momento apareció una pregunta reveladora: ¿Quién
entrenaba a los entrenadores? Reg, que era el único ser que se ocupaba de mis
preguntas, me respondió que a los entrenadores los entrenaban otros
entrenadores, y que esto se podía representar como una pirámide de infinitos
niveles de entrenadores con más poder que otros, hasta llegar a un entrenador
total, que era el creador de este imperio. Ahora todo tenía un sentido. Era
bastante lógico lo que Reg estaba diciendo. Empezaba a comprender por primera
vez como funcionaba el mundo. Lo único, sin embargo, que carecía de sentido era
la extraña existencia de los fantasmas. ¿Qué hacían los fantasmas en todo esto?
Al parecer existían en algún lugar de la tierra, pero, por el momento, no
intervenían en nada de lo que sucedía a mí alrededor. Por otro lado, mis
teorías revolucionarias eran fantasmas también. El mundo igualitario con el que
soñaba era también un fantasma. Los entrenadores iban y venían. ¡Gatita linda!
Me decían, y luego me llamaban ¡Perra inmunda! Y se alejaban. Un día traté de
poner en práctica lo que había concluido gracias a mis investigaciones
fantasmagóricas. Traté de entrenar a un entrenador. Me rebelé contra él. Lo
mordí, y él me golpeó. Descubrí que en esencia estamos en una triste desventaja
física con respecto a ellos, lo que me llevó a pensar lo siguiente. ¿De dónde
venimos, perras y gatas? ¿Cómo nacemos? La última pregunta era evidente. Dentro
de la educación que recibíamos, una de las cosas más importantes era que nos
acostumbráramos a la idea de inseminación. Gatas y perras seríamos madres, esto
era una especie de ley social irrevocable. Y yo podía verlo realizarse en
práctica. Era más que común ver a tres o cuatro entrenadores atrapar a una
perra para inyectarle con jeringas un extraño líquido, que poco tiempo después
las convertiría en madres de muchas perritas. En el caso de las gatas, sucedía
lo mismo, solo que eran inseminadas por un único entrenador y no por varios.
Bien, ¿De dónde sacaban los entrenadores este líquido mágico? Se nos había
enseñado que de una bodega subterránea, no se había especificado en dónde se
encontraba aquella bodega. Hasta ahí se nos explicaba de qué manera nos reproducíamos.
Pero hacerse este tipo de preguntas más allá de lo que se nos enseñaba era
impensable, y por lo tanto yo lo hacía. ¿Cómo se reproducían los entrenadores?
Siempre aparecían entrenadores jóvenes, ellos también envejecían y seguramente
morían. Esta pregunta, hasta el momento, no la he solucionado. Es uno de los
misterios de la ciencia. Obviamente, como es debido, se me trató de inseminar
varias veces. Pero mi anomalía física me impide ser madre. Todos hemos tenido
que aceptar mis problemas físicos. Además, a nadie le interesa que nazcan más
seres anormales como yo, ni siquiera yo quisiera que sucediera algo así. En
fin, también he podido observar que a las madres les arrebatan sus cachorritas
en menos de dos meses, y se las interna en un centro de entrenamiento
intensivo. La maternidad no es compatible conmigo. Soy un ser condenado a una
soledad incondicional, y el mundo en el que me encuentro a gusto es un mundo
virtual y fantasmagórico. Por ello he elaborado una teoría espiritual. Mi alma
es la de un fantasma, pero por desgracia estoy atrapada en un cuerpo y debo
cumplir con muchas actividades corporales. Y, sumándole a esto, que mi cuerpo
es bastante anormal y monstruoso, estoy absolutamente expulsada de la sociedad
en la que nací. Sin embargo, aún me brotan lágrimas y se me escurren por el
hocico de solo recordarlo, mi amado Reg insistía en que mi anomalía me hacía
poseer una belleza inigualable por alguien normal, y no le habría creído si no
me hubiera visto reflejada en él: para mí, él ni siquiera poseía la belleza, él
era la belleza misma. Y él era un híbrido entre un gato y un perro, por lo
tanto, yo deducía que en algo yo me parecía, y que por ello existía en mí
alguna belleza. A veces, incluso, él era una perra o una gata que se parecía a
una perra. En estos momentos, al contemplarlo extasiada, estaba viendo
exactamente lo mismo que había visto en el espejo cuando me vi reflejada por
primera vez. En otras palabras, amarlo a él era lo mismo que amarme a mí misma.
En una ocasión, mis investigaciones llegaron bastante lejos. Se me ocurrió que
la madre de la madre de la madre, de una generación milenariamente pasada,
olvidada, más antigua que la sociedad misma, había sido libre. Tal vez existió
alguna vez, le dije a Reg, un mundo en el que existían perros y perras, gatos y
gatas, y no habían entrenadores. En esos días, que hasta el momento yo
proyectaba en el futuro, no había desigualdad. Es muy probable, me respondió
Reg, es más, me parece que la ciencia lo ha probado, entre todos los integrantes
de la sociedad, los entrenadores son las criaturas más nuevas. Antes, me dijo,
había perras y gatas salvajes. Y ¿cómo se reproducían estas criaturas? Era
necesario que existieran perros y gatos en aquellos días. Así que desde que
descubrí estos razonamientos, he concluido que lo que deseo yo en realidad es
la recuperación de una sociedad primitiva, y que la proyecto en el futuro con
una extraña esperanza. Lo que no
encajaba en ningún lado era la existencia, o inexistencia, o existencia
teórica, de los fantasmas. Mi vida perruna continuaba igual, siempre hallaba
alimento, a veces más y a veces menos. Cuando se me preguntaba, ¿usted es
perra? Yo respondía, eso creo y eso espero. Cuando alguien llegaba y me decía, oye, Laika,
¿cómo te trata la vida? Yo solía responder, igual que a todo el mundo, bastante
bien. Pero en todas esas palabras había una intención de camuflarme en la
multitud. Nada me causaba más ofuscamiento que me trataran como a una gata. Yo
soy una perra, les recordaba, y estoy infinitamente orgullosa de serlo,
agregaba. Aparecieron entonces muchos entrenadores que se me ofrecieron para
entrenarme individualmente. Algunos llegaron con flores, otros llegaron con
cadenas. Unos me suplicaron y otros me forzaron violentándome. Yo, que no
entendía nada, acudí inmediatamente a ayuda perruna y las demás perras me
explicaron que era mi deber aceptar semejantes peticiones tan caballerosas.
Jamás les conté a las otras perras todas la veces que rechacé a los
entrenadores, fueron millones, es más, llegué a tener más éxito que una gata
sofisticadísima, y a todos los rechacé, argumentando que mi caso necesitaba del
entrenador más profesional de todos, ya que yo poseía una anomalía que no había
sido resuelta por la ciencia. Al hablarles de mi anormalidad, el asco de los
entrenadores era inmediato. Mi asco por ellos era lo único que se les
anticipaba. En realidad, nuestros sentimientos de asco eran mutuamente
correspondidos, se mezclaban en un asco universal, y cualquier contacto entre
los entrenadores y yo tenía que pasar necesariamente por ese asco universal.
Tal vez lo que sucedía era que yo era un entrenador y no me había dado cuenta,
pensé un día. Pero estas ideas fueron inmediatamente rechazadas. Conocí algunas
perras que querían ser entrenadores. Practicaban con rigor su oficio, y en unos
cuantos años eran exactamente iguales a un entrenador. ¿Y qué sentido había en
ello? Me sentí muy entusiasmada de saber que este tipo de perras existían. Pero
hay que entender que el objeto de mi desprecio y de mi asco eran los
entrenadores. Yo no toleraría jamás transformarme en el objeto de mi desprecio.
Ni siquiera en los momentos en los que mi autoestima estaba en crisis habría
aprobado esa idea. Al parecer, este problema podía dar todas las vueltas
imaginables y no aparentaba tener solución alguna. Mis ánimos andaban por el
suelo y hasta en algunas ocasiones llegué a decirme a mí misma, tal vez mi
error es tan grande que va a llegar un día en el que se devorará a sí mismo, y
ahí se me verá, colgada de la cadena una vez más, con el hocico abierto y la
lengua babeando. Los años pasaron cada vez sentía que mis dudas sin respuesta se
iban multiplicando. Había concluido
varias cosas. 1. Mientras los entrenadores sobrevivían gracias a su trabajo, y
se les retribuía por esto, las perras y gatas sobrevivíamos a través de nuestro
cuerpo, por lo tanto nuestro cuerpo poseía el mismo valor que tiene el trabajo.
Cuerpo- trabajo. En últimas es como decir, pasividad- actividad. Según mis
conclusiones, la sociedad vivía a través de nuestra pasividad. Y la
amamantábamos con nuestro cuerpo- recurso- renovable. 2. Se nos enseñó concebir
nuestras existencias a partir de los entrenadores. Nuestros logros, nuestras
metas, nuestros deseos, y en general todo en nuestras vidas giraba en torno a
los entrenadores. No hacía falta rascarse durante mucho tiempo la nuca peluda
para saber hasta qué punto yo también estaba dentro de este juego inútil
inventado por los entrenadores, giraba en torno a ellos pues los necesitaba
para sobrevivir, y además mis investigaciones también formaban extrañas órbitas
a su alrededor. Puro entrenadorcentrismo. 3. Reg y yo llegamos a parecernos
tanto, que durante algún tiempo se me olvidó que no éramos la misma cosa, en
otras palabras, yo me comportaba como un perro, no como una perra. Esta mímesis
surgió a partir de mi incapacidad de comprender qué era Reg y qué era yo.
Aparentemente, yo era un no- yo, y Reg era un no- Reg, por lo tanto, no era muy
impensable que, teniendo esa libertad que es el producto de la negación de lo que
todos consideramos que es la existencia, Reg y yo no fuéramos la misma cosa. Al
estar informada de todas las actividades de Reg, en un mundo que supuestamente
existía en la realidad, un día tomé la decisión de partir en busca de ese
mundo. Esta es una de las razones por la que se me capturó. Tal vez el delito
más ilógico y descabellado, pero no se me puede culpar. Ya lo había intentado
todo: no podía ni ser gata ni ser perra, no podía entrenar a un entrenador ni
convertirme en él, y no podía tampoco disolverme como un fantasma por más de
que no había nada que deseara con tanto fervor. Solo me quedaban dos opciones:
morir o vivir con una esperanza loca, absolutamente equivocada, de que existía
en el mundo un lugar para mí, y ese lugar al existir, potencialmente, tanto en
el futuro como en el pasado, tenía que de alguna manera actualizarse en el
presente. ¿Cómo podía llenar mi pecho de aire y llenarme de convicción, y andar
por la calle batiendo la cola para mis adentros, mientras la gente me observaba
como si yo fuera un ser peligroso? ¿Había aceptado un dogma, una especie de
creencia incomprobable, un lugar desesperado en donde el investigador racional
se retuerce y se muerde la cola, y termina manipulando a la ciencia para que se
abra a la llegada de un milagro? ¿Y cómo no creer en milagros con semejante
desamparo? ¿Cómo no terminar cayendo entre el excremento pulgoso de la fe si la
proyección de los fantasmas había sido, de alguna manera, milagrosa? Yo no soy
una perra tonta. Sé perfectamente la relación matemática que existe entre la fe
(creer en un milagro) y la ignorancia. No puede crecer la una sin la otra. Pero
como cada día me daba cuenta de que todo conocimiento estaba restringido, y
empecé a ser un poco realista y acepté mi ignorancia hasta donde la podía
tolerar. Y también fui franca y acepté mis extraños sentimientos religiosos
hacia los fantasmas. De este modo, me propuse a abrirme camino hacia el
entrenador total, de nivel en nivel, para comprobar y poder saber en dónde
estaba situado el paraíso fantasmagórico al que mi espíritu pertenecía. Y
siempre olisqueando lo inoloro, es decir, evitando todos los olores y buscando
el olor ausente, como una cazadora de ausencia. Cuando alguien me preguntaba a
qué me dedicaba, yo respondía, me dedico a coleccionar ausencia, y la necesito
toda, una muralla de ausencia, la torre más alta hecha de ausencia que se haya
construido jamás. Bien, no era muy probable que con las dimensiones de mi
delirio pudiera llegar muy lejos. Es más, creo que entre el momento de mi
decisión definitiva y el momento de mi captura, la diferencia fue de unos
cuantos días. Y, ¡ay!, señor administrador de todo esto, nunca, en todo este
lugar al que, por razones desconocidas jamás he pertenecido y por lo tanto no
tengo autorizada una existencia pacífica, se me ha expuesto una explicación tan
aterradora, que ni siquiera yo la habría considerado jamás. Y mi hambre de
verdad me carcomía las entrañas cuando le dije al entrenador abogado que me
traía novedades de mi caso: creo haber comprendido el mundo, que es algo que no
es demasiado posible en una perra, por el modo en el que se nos educa. Pero,
sin embargo, hay una sola pieza en todo este sistema que no comprendo. ¿Por qué
nadie fue capaz jamás de ver a los fantasmas que yo veía y sigo viendo? ¡Tonta!
Me respondió el abogado, ¿No ves que los fantasmas que te persiguieron año tras
año están únicamente reservados para ti? Nadie más puede verlos, porque fueron
fantasmas diseñados a tu imagen y semejanza, hechos por entrenadores de elevado
rango, únicamente para ti. Y no es una anomalía, ni siquiera una pequeña
rareza, pues cada perra, cada gata, tiene sus propios fantasmas, incognoscibles
por los demás miembros de la sociedad, y todas, perras y gatas andan girando en
torno a la hipnosis que les produce esta hermosa ausencia, irresistible
presencia ausente, imágenes vacías que las suelen llenar de esperanzas carentes
de sentido. De esta manera se mantiene el orden. ¿Cómo crees, si no es así, que
se mantiene la sociedad estática sin ninguna revolución? Cada revolucionaria
está tan aislada y tiene tanto miedo de expresar sus atormentados pensamientos,
que tenemos científicamente comprobado que es imposible que existan
complicidades entre ustedes. Por otro lado, la revolución y los fantasmas son
un entretenimiento. Entretenimiento- entrenamiento, ¿no te suena parecido? Es
más, es exactamente lo mismo. Así que cada una de ustedes tiene una colección
de fantasmas personal, invisible para todos los demás, que se encarga de
entretener y de esta manera, en fin, entrenar…
Bien.
¿Estamos condenadas a girar con nuestras míseras vidas alrededor de seres
ausentes? Al parecer, si. Por lo menos, yo, ya soy una perra bastante adulta
como para volver atrás. Si pudiera hacerlo, regresar al día en el que conocí a
mis fantasmas, no me arrepentiría de haberme ido con ellos. Me hayan entrenado,
o no, ya es algo que me resulta insignificante.
Pero
entonces el abogado me dijo, te vamos a presentar a Reg, si, al verdadero Reg.
Durante noches horribles no pude dormir. Esta noticia, que era con lo que había
soñado tal vez toda mi vida perruna y gatuna, por algún motivo desconocido, me
resultó espantosa. ¿Iba a llegar Reg con la forma de un entrenador? Esto me
resultaba tan deprimente, que hice lo que pude para evitarlo. Sin embargo no se
me informó de nada más por el momento. Mi abogado estaba averiguando cuál sería
mi castigo, y yo no podía hacer mucho. Cuando Reg apareció de nuevo en forma de
fantasma, fue difícil encontrar una forma coherente de hablarle, pero pronto me
di cuenta de que no tenía sentido fingir que por mis convicciones había
decidido rechazarlo. Me fui y me le enrosqué al lado y le dije, oye Reg, que me
cuentas, como van los entrenadores por allá en esas alturas. Y me dijo, ahí
vamos bien, tratando de cambiar el mundo en el único lugar en donde esto es
posible, arriba del que está más arriba, y más allá. Y yo que estoy más abajo
que la sociedad misma, me quejé, seguramente ignoro las pocas posibilidades de
poder hacer algo que por lo menos se parezca a cambiar el mundo. Luego levanté
la cabeza y le dije con muchísima seriedad: lamento mucho no ser un fantasma.
De verdad lo siento. (Quería insistir en creerme a mí misma mi propio engaño.
Esta terquedad, era necesaria para que mi espíritu no se desconstruyera
inmediatamente) Durante el día se me preparaba con extrañas señales para
acostumbrarme a la idea de encontrarme con el verdadero Reg. Pero a mí no me interesaba qué era verdadero o no. ¿ No podían dejarme ser feliz con la
irrealidad que me daba consolación? ¿Estaba mal, como todo lo que hacía
siempre? Rotundamente, si. Todo lo que hiciera o no, estaría mal de todas
maneras. ¿Por qué? Pues porque yo tenía una anomalía y punto. Caso cerrado.
Este
es un mundo inventado por los entrenadores. Las gatas son un invento de los
entrenadores. Las perras también. Yo misma soy un invento de entrenadores. Y
además ni siquiera los entrenadores tienen la culpa. Ellos pertenecen también a
un sistema creado por entrenadores en el pasado, y por sus perras y gatas que eufóricamente
los apoyaron.
Llega
mi abogado con una gata enroscada en su cuello, su secretaria, y me anuncia con
benevolencia mi condena. Seré expulsada de la atmósfera terrestre en esta misma
celda, un cohete espacial que me hará volar lejos de la tierra, y moriré
aproximadamente en unas tres horas. Wooo que emoción. Además de perseguirme y
acosarme incansablemente desde mi nacimiento recordándome que soy un ser
monstruoso, se me transformará en un ícono de la ciencia. Recuerdo que en mi
juventud, algunas de esas tardes calurosas en las que el hambre me hacía
olvidar mi autoestima, me acercaba jadeante a los portales de la ciencia,
preguntándoles a los entrenadores armados por el instituto Pavlov, al cual
llegaba, me sentaba salivando, y aparecía un entrenador tan condicionado que
sin ninguna explicación hacía sonar una campanilla antes de traerme un plato de
comida. Y luego escribieron muchos libros acerca de mí y mi condicionamiento.
Igualmente ahora, me transformarían a mí, víctima de mí misma y de mis semejantes
multiplicados en mí, en heroína multiuniversal y transhistórica, Laika, la
perra voladora, para arrastrarme del cuello, agarrándome de las patas y la cola
y apretándome la boca con las manos heladas, para meterme adentro de la
sociedad de todas maneras. Sí. A esto quiero llegar, señor entrenador total. Mi
vida ha sido un hilo invisible entre el terror y la satisfacción, las dos
actitudes, contradictorias y sin embargo empáticas, que he asumido hacia mi
anomalía. Acabar con estos dos estados de mi alma es acabar con mi vida misma.
Y al parecer, en eso consiste mi castigo en realidad. ¿Cuál es tu peor
pesadilla? ¿Pertenecer…? La haremos realidad de la manera más fastidiosa y
contundente: pertenecer para siempre como imagen, como una cosa peluda y volátil,
en fin como un fantasma. Y además me dicen, los entrenadores somos tan pero tan
buenos que cumplimos con tu deseo de transformarte en fantasma. Nuevamente la
del error soy yo en esencia. Y los entrenadores tienen como meta ser los
mejores y ganar el juego para siempre, apaleando eternamente mi conciencia y
entrenando esta misma historia a su conveniencia y acomodo, haciéndola girar y
dar saltos como una perra estúpida. Podrán mostrarme a mí también como una
perra estúpida. Después de todo, los entrenadores tienen la institución y el
poder de su lado, así que son ellos los que deciden qué es mentira y qué es
verdad. Yo lo sé y esto mismo prueba que no soy una perra estúpida. El peor de
todos los castigos imaginables para mí es que mis enemigos hagan todos mis
sueños realidad. Nuevamente es una demostración de poder, no solo sobre mi
cuerpo, sino también sobre mi pensamiento y mi voluntad. No es ante la idea de
la desintegración donde aparece el terror. Mi muerte física no tiene casi
ninguna importancia en comparación a las dimensiones del choque que tengo en
este momento en mi alma y mi cabeza. Es un lugar en donde se pone en evidencia
la obscena pequeñez de mis deseos: esos deseos, que me empujaron a través de la
vida, que me dieron algo en qué creer y algo por lo cual entregar mi ser entero
a ideales nobles y revolucionarios, son ahora tan insignificantes que cualquier
entrenador puede cumplirlos en menos de cinco minutos y sin ningún esfuerzo, y
además no alteran en ningún aspecto el mundo en el que vivimos. Y es allí donde se me comprimen los órganos
del terror, es ahí donde mi anomalía, mi monstruosidad, es la cosa que más
odio, y aúllo y maúllo y quisiera ser una perra normal, una gata normal, pero
esta es otra fantasía fantasmagórica producida por las paredes de mi celda que
cada vez parecen comprimirse más, fenómeno ante el cual la única solución es
empequeñecerme exactamente a la misma velocidad, para adaptarme de una manera
desesperada al poco aire que me va quedando a medida que pierdo espacio a mi
alrededor. Explotan los motores y siento el fuego quemándome bajo mis pobres y
temblorosas patas.
Este
es un mensaje para ti, Reg, entrenador total, creador y destructor de este
imperio. Sé perfectamente que no tienes la más mínima idea de quién soy. Tú
siempre estuviste en tu mundo y siempre de ocupaste de tus asuntos. Todo lo
demás, digamos, por más de que no sea cierto, fue mi imaginación. Me presento
entonces. Dando mi vida a las estrellas y estallando mi cuerpo contra los
meteoritos, yo soy el monstruo que está aquí para anunciar, con el aullido más
visceral, la mujer que vendrá y poblará el futuro. Y sí, soy un monstruo
tramposo, capaz de traicionar al mismísimo perro que me acompañó a través de la
vida, pero Reg, tú estás en todas partes y llenas todos los casilleros de este
vacío inmóvil, impregnas todas las moléculas de esta tierra desesperada, y me
importa un hueso roído si entrenaste a todo el mundo. Te amo, ¿cómo no lo
puedes ver? Y me importa el mismo hueso roído si mi amor es la prueba más evidente
de que estoy completamente entrenada por ti. Y sé perfectamente que entiendes
mi aullido visceral y que además estás de acuerdo conmigo. Te unes al aullido
visceral porque no crees en el mundo que tú mismo creaste y deseas, muy en el
fondo de tu corazón, que se vaya para abajo. Y además hay algo bastante claro:
los límites entre lo que eres yo y lo que soy tú, son hilos invisibles y en
práctica, no existen. Sí, no existen. ¿Qué puede importar todo lo demás? ¿Qué
importan las causas, los efectos, tus engaños, los míos, la mentira o la
verdad? ¿Cómo le puede importar todo esto a una perra que se encuentra ante la
desintegración? Sí, me dirijo a la velocidad de la luz hacia la desintegración.
Tú eres mi adrenalina, y la fuerza que me empuja. Desde mi nacimiento, yo he
sido un ser disgregado, descompuesto, múltiple. Tú eres mi desintegración
original. Tú eres la fuerza que separó y unió a la perra y la gata. Tú hiciste
compatibles los opuestos disgregados. Y formaste un todo con las partes. Tú me
atravesaste. Cuestionaste mi mundo. Excavaste en busca de verdad y engaño,
invertiste el orden preestablecido. Te rebelaste. Mordiste la mano que te dio
de comer pues era la misma mano que quería entrenarte hasta hacerte desaparecer
entre las demás perras. Y le ladraste a las puertas cerradas. Así que volaste.
¡Y qué lejos llegó tu vuelo! Me sobrepasaste. Superaste los límites de lo
cognoscible. Creo que alcanzo a tocarte, Laika, un poco más allá de lo que
pueden ver mis ojos. Alcanzo a olerte más allá de lo inaudible, y de esta
manera la cercanía y la lejanía poseen las mismas dimensiones. Y atrás una nave fantasma se hace pedazos. Es
fantasma. No la sentimos. Es audiovisual.
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| Laika |
Esta fábula fue escrita en su totalidad por el corazón de Casandra Garavito Pabón "Chanda Ot" a la edad de 19 años. La reproducción (incluidas las ilustraciones), copia, y publicación no autorizada y otras formas de plagio están prohibidas por la ley de territorio de venta sobre derecho de autor y por noventa y tres mil millones de espíritus caninos que desde otras dimensiones son los guardianes de este aullido literario.


Auuuuuuuuuuuuuuuuuu.
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