viernes, 14 de noviembre de 2014

La Perra Voladora



La perra voladora
 Casandra Otgar 2012


Este es un mensaje para quien quiera que sea el que administra este lugar. Estimadísimo señor. Humildemente me dirijo a usted y espero que haberme tomado este atrevimiento no perjudique la situación vital de nadie diferente a mí. Soy una perra, no una de las mejores y más destacadas, soy una perra común y corriente, mestiza, de estatura media y pelaje largo y abundante. En este momento se me tiene encerrada en una pequeña celda, al parecer destinada a criminales y asesinas. Pero la razón de mi crimen, la desconozco. Se me trajo de noche, y no se me dieron explicaciones. Al encontrarme completamente sola en mi celda, he decidido escribir un breve resumen de mi vida, numerando uno por uno los motivos potenciales de mi detención, y tratar, de una manera desafortunadamente marginal y desesperada, de aspirar hacia la justicia.

Mis anomalías son muchas, y aunque aparento ser una perra como cualquier otra, toda mi vida intuí que iba a terminar de esta forma, es más, no lo intuía, encontraba señales en todas partes, señales mudas que me describían detalladamente cómo sería mi fin. Durante mis primeros cinco años de vida, no se sabía si yo era una perra o una gata. Esta ambigüedad, inevitable para mí ya que era una criatura sin conciencia de mí misma, me apartó brutalmente de mis compañeras, tanto gatas como perras. Por otro lado, al no saber qué era, no se sabía muy bien cómo educarme. Los entrenadores, sin embargo, son unos hombres muy especializados en su profesión, y sabían, obviamente, que lo mejor sería educarme como a una gata, ya que entre una perra y una gata la diferencia de prestigio es mucha. Por otro lado, me examinaron muy bien y llegaron a la conclusión de que me parecía más a una gata que a una perra. Así que fui criada junto a las gatas, y se me trató como tal. Los juegos gatunos me resultaron, sin embargo, extremadamente inapropiados, tanto que llegaron a atormentarme, y yo comencé a presentar todo tipo de comportamientos que ponían en peligro la seguridad de las demás gatas. “Es una pena” decían los señores entrenadores, “Que teniendo la oportunidad única de convertirte en una hermosa gatita, te comportes como una sucia perra”. Se me estudió con todo el rigor que debe ser usado en tal caso de anomalía. Lo que nunca le pude explicar a mis entrenadores fue mi incompleta indiferencia ante la enorme brecha social que existe entre perras y gatas.  Para mí, en mis oscuros orígenes, tal diferencia no existía y carecía de importancia intelectual preocuparse por ser una de las dos. Los juguetes cuidadosamente preparados a las gatitas por los entrenadores, que, son mucho más caros que los juguetes que se les da a las perritas, llegaron a producirme repulsión. Una extraña repulsión, que al parecer solo conozco yo, ya que las perras normales están entrenadas para desear ser gatas, y por lo tanto idealizar todo lo que tenga que ver con ellas… mi repulsión no era propia ni de una gata ni tampoco de una perra. Sin embargo, recuerdo una primera época en la que me sentía cómoda entre las gatas, días soleados, en refinados jardines de rosas, llenos de hermosas gatitas saltando de un lado a otro y mordiéndose la cola, ronroneando sobre el pasto y tomando el sol, o persiguiendo mariposas. Yo miraba los rostros inocentes de mis compañeras y sentía felicidad, incluso me sentía orgullosa de ser una gata, pero cuando aparecía a la vista un entrenador, se apoderaban de mí los miedos más espantosos. Esto se explica porque los entrenadores encargados de mí y de mis compañeras tenían la orden de vigilarme y estudiarme, por mi anomalía y monstruosidad originales, y yo, como la criaturita que era en esos días, no entendía por qué se me vigilaba de ese modo, poco a poco desarrollé en secreto, horror por los entrenadores, los relacionaba inmediatamente con la idea de que yo era un ser anormal. Pero en esos días no lo era, porque nadie, aparte de los extraños entrenadores que no quitaban sus ojos de mí, mostraba hacia mí ninguna desaprobación. Mi comportamiento era como el de toda una gatita, tenía muchas amigas y disfrutaba de la vida sin preocupaciones. Sin embargo, antes de cada comida, un entrenador musculoso y robusto me levantaba del piso con sus manos gruesas y me llevaba a un lugar que me producía terror, en donde me abrían el hocico, me examinaban las entrañas con una linterna, me medían las patas y me pesaban en una balanza. Luego me llevaban de vuelta donde las demás gatitas, y todas ellas ya terminaban su comida, mientras que yo apenas empezaba. Esta fue una de las primeras cosas que empezó a darles curiosidad a mis compañeras. ¿Por qué se ausentaba? ¿Por qué se la llevaban? ¿Por qué cuando todas nosotras ya terminamos ella hasta ahora empieza? Empecé a atrasarme, no solo en eso, sino en realidad en todas las actividades gatunas, en los juegos siempre era la última, y poco a poco mis compañeras comenzaron a darse cuenta de que yo no era una de ellas. Esto era porque estábamos creciendo. En el momento en el que los juegos dejaron de ser espontáneos para volverse competencias entre ganadoras y perdedoras, pasé inmediatamente a ser una perdedora. Había muchas otras perdedoras, pero la diferencia entre ellas y yo era que ellas se esforzaban por ganar, mientras que yo aceptaba mi destino como algo que ya estaba previsto, y miraba entonces al horizonte, al rostro de los entrenadores, y los descubría nuevamente vigilándome. Luego vinieron tiempos más duros, en los que tuve que soportar el rechazo y el desprecio de mis compañeras de crianza, dándome cuenta de que había perdido tantas veces y estaba tan atrás, que ya no había nada que hacer para remediarlo. Me convertí en un ser solitario y melancólico, y no encontraba el apoyo de ninguna gata, así que tuve que vérmelas cara a cara con los entrenadores, que me horrorizaban. Estos insistían en que no era posible que yo no me adaptara al universo gatuno. Pero, ¿En qué se había convertido el universo gatuno? Nos enseñaban a despreciar a las perras, nos enseñaban a ser delicadas y distinguidas, nos enseñaban a acicalarnos y limpiarnos constantemente, nos enseñaban a caminar con elegancia y sensualidad, y esto me resultaba tormentoso, porque no podía sacar de mi mente la mirada inquisidora de los entrenadores, y toda percepción de mí misma estaba fundamentada en el miedo y la culpabilidad de ser una gata monstruosa y anormal. Luego se intensificó la educación gatuna, nos trajeron todo tipo de espejos, espejos por todos lados, en el techo, en el piso, en las paredes, almohadas de espejos, platos de espejos, y nos enseñaban a mirar durante horas y horas nuestro reflejo. Todas las gatas se emocionaron con esta novedad, y todas desfilaban felices delante de los cristales, todas menos yo, obviamente, que me quedé pasmada al verme en un espejo por primera vez. Había descubierto por qué estaba tan infinitamente separada de mis compañeras, había descubierto la razón de la rudeza en los ojos de los entrenadores. Era muy parecida a una gata, solo que mi pelo era extraño y enrulado, mi hocico mucho más largo y mis patas más gruesas. Mientras mis compañeras coqueteaban con sus propios reflejos, yo estaba aterrorizada de semejante descubrimiento, me invadió un sentimiento de culpabilidad espantoso y no me enteré en qué momento las gatas comenzaron a jugar a maquillarse y a competir por cuál de ellas era la más hermosa. Yo estaba afuera. Ya ni siquiera se me rechazaba, ya nadie se tomaba la molestia de discriminarme, simplemente me ignoraban y yo las ignoraba a ellas, comencé a comportarme como si no existiera, como una especie de fantasma, trataba de no hacer ruido, de no hacerme notar y sobretodo de no hablar, de que todos se olvidaran de mi existencia por completo para que el curso de la vida pudiera seguir sin errores y sin obstáculos. Desde que me vi reflejada en el espejo, supe que el mundo era perfecto como estaba, que el único error que tenía el mundo era yo, y por lo tanto que la única manera de remediar el delito de existir y desequilibrar la armonía perfecta del universo con mi inútil existencia, era hacer lo posible por desaparecer. Fue entonces cuando recibí mi primer golpiza de los entrenadores. Estos hombres están equipados con todo tipo de látigos, bolillos, palos, bastones, son una fuerza militar inigualable, y me lo hicieron sentir con todo su esplendor, lo que me llevó a tenerles mucho más miedo del que ya les tenía desde un principio. Me apalearon y luego me reinsertaron en el universo gatuno, en donde descubrí que las gatas habían entrado en una especie de guerra de cada una contra las demás, se hacían alianzas, se traicionaban entre ellas, pero todas tenían en común que adoraban a los entrenadores. Cada una soñaba con un entrenador para ella sola, era un sentimiento común entre las gatas de esos tiempos soñar con un entrenador individual e íntimo, mostraban sus caderas y sus curvas, sus movimientos sensuales y delicados cada vez que aparecía un entrenador, y entonces se arañaban entre ellas cuando sentían rivalidad. A mí todo esto me resultaba absurdo y no comprendía en qué momento las gatas habían comenzado a comportarse de ese modo, y con qué finalidad realizaban todo ese tipo de excentricidades, ya que un entrenador era para mí la cosa más espantosa en la que se podía pensar, y si veía uno a lo lejos, mi reacción era más bien esconderme pues su violencia me atormentaba. Sin embargo, esto no me salvó de la violencia de mis compañeras las gatas, que incontables veces me arañaron y me humillaron, algunas burlonas y orgullosas de su belleza, otras porque sentían que esa era la normalidad, y no comprendían por qué yo no las atacaba. Mis diferencias fisiológicas se habían intensificado desastrosamente, mis uñas no servían para nada, así que me dediqué a abrir huecos en la tierra como toda una perra, pero la diferencia es que lo hacía de una manera tan compulsiva y obsesiva, que hasta una perra se habría asustado. El día que me negué a seguir comiendo, fue definitivo para que los entrenadores tomaran una decisión. Se me expulsaría definitivamente del mundo de las gatas y sería insertada en la perrada.
A las gatas se les respeta su integridad física desde que nacen. A nadie se le ocurre amarrar a una gata, o ponerle dispositivos en el cuerpo, o enroscarle un collar alrededor del cuello. Yo había vivido, hasta aquel tiempo, en un mundo en donde no se me había violentado realmente, respetando mi cuerpo, así que no conocía los horrores que implica el amaestramiento que debe vivir una perra. Se me golpeó incontables veces, me pusieron un collar con un código y por lo general no se me permitía andar sola, siempre colgando de una cadena o un cable o una cuerda, de modo que no es raro que mis modos elegantes y distinguidos que había aprendido en un principio en el jardín de las gatas se agotaran y adquirí un aspecto más rudo y poco a poco le perdí el terror al dolor. Cuando llegué a la perrada, habían pasado muchos años, por esto llegué como una completa extranjera. No conocía las leyes que regían este lugar, ni siquiera conocía a otra perra, no sabía qué tipo de comportamiento era el adecuado. Era una especie de sótano gris y sin vida, con colchones públicos y llenos de pulgas. Me dejaron allí sin hacer ninguna presentación previa, y me sorprendió la calidez con la que me recibieron las perras. Al principio todas me rodeaban en círculo, batiendo la cola y oliéndome, y yo les contaba de otra tierra lejana en donde había jardines y muchos espejos, y todas se emocionaban. Luego vino el entrenamiento perruno, se nos entrenaba para hacer todo tipo de saltos y bailes, y los castigos eran muy severos. Para dormirnos por la noche, nos conectaban un televisor que proyectaba imágenes de gatas, gatas mayores, gatas que yo no había alcanzado a conocer, gatas que vendían cosas como perfumes y que eran expertas en uñas y en el cuidado capilar. Las perras se emocionaban y todas ellas trataban burdamente de imitar a las gatas, sin resultado, ya que su naturaleza perruna no les permitía moverse con ninguna gracilidad y terminaban haciendo vulgares parodias de lo que veían. Yo permanecía quieta, tratando de entender, llena de dudas y comenzando a comprender las dimensiones de la grieta que existía entre las dos especies, dándome cuenta de que si hubiera permanecido en el jardín de las gatas habría salido en aquel televisor siendo el modelo a seguir por las perras, y comencé a tener intensas preocupaciones, que me llevaron a arrepentirme del rumbo que había tomado mi vida. Se me comenzó a ocurrir que si hubiera aguantado unos años más en el jardín de las gatas, habría podido salir en aquella pantalla diciéndoles a las perras mensajes definitivos contra los entrenadores, haciéndoles entender que ellos eran peligrosos y hablándoles de lo armados que están y del poder que tienen, en fin, si hubiera permanecido siendo una gata anormal habría podido producir una revolución de conciencia entre las perras, pero ya era demasiado tarde para darme cuenta de esto y tenía que aceptarme como perra. Esto no fue difícil. Fui una perra líder. Gocé en un primer momento de mucho prestigio, pues era elegante para ser una perra y anormalmente culta. Pero cuando comenzó a verse claramente de qué se trataba nuestra profesión sexual, yo retrocedí, me avergoncé, lloré y me sentí morir. Al parecer, perras y gatas coincidían en una misma cosa: todas querían a los entrenadores, soñaban con ellos, les suplicaban que las entrenaran más, que corrigieran su bestialidad. La diferencia estaba en que a las perras se les trataba de convertir en gatas, muchas veces en vano. Algunas perras en la historia lo habían conseguido, se habían transformado en gatas, con mucho entrenamiento y mucha insistencia, casi que dedicándole más de la mitad de sus vidas a ello. Todas las perras tenían ese sueño interior, de ser como las gatas, de moverse elegantemente como ellas, y a mí me entristecía recordar cómo las gatas las despreciaban. Mi anomalía era mucho más inmensa de lo que yo misma me podía imaginar. Comencé a desaprobar tanto a gatas como a perras, odiando a las primeras y compadeciéndome de las segundas, pues todas ellas amaban a los entrenadores, mientras que yo los despreciaba infinitamente. Esos hombres musculosos, violentos, militares y calvos con pelo en el pecho y manos hinchadas, y barbudos, sudorosos, no me producían la más mínima simpatía. En general, todas las hembras que había conocido veían en sus futuros una especie de negociación con uno de ellos, en donde ellas dejaban de pertenecer a una institución de entrenamiento y salían a la sociedad acompañadas de un entrenador particular que, según ellas, las defendería del mundo y las haría felices. ¿Cómo podían imaginar estas cosas? ¿Es que no se daban cuenta de que todas éramos prisioneras, y que ellas buscaban la sanción, la opresión, la negación y el desprecio, en fin estaban buscando la violencia y no la felicidad? Lo que ocurría con esto es que mi concepto de felicidad era muy diferente. Ellas buscaban la protección, yo buscaba el conocimiento. Quería saber por qué estaba allí, de dónde venía, para dónde iba. Las demás perras trabajaban incansablemente en tareas o bien sexuales o bien reproductivas, trabajaban como obreras sin descanso, y sin embargo se sentían débiles y soñaban con un entrenador que las protegiera. ¿De qué?, ellas no lo sabían, pero yo sí. Ese deseo de protección, y un autoconocimiento débil y lleno de miedo, eran inventos de los entrenadores. Yo lo sabía, los sentimientos por los cuales una perra era una perra, eran métodos de control inventados por los entrenadores.  ¿Cómo podían amarlos?, les dije una y otra vez. Las incité a la revolución. Pero luego descubrí que me proponía a hacer algo imposible. Las perras eran ignorantes, creían más en la mentira que las gatas mismas, en realidad sería más fácil dialogar con una gata que convencer a una perra de que se encontraba bajo una dictadura emocional. Las perras reaccionaron de una manera inesperada. Explotaron contra mí ladrándome con resentimiento. Pero no sabían por qué ladraban. Lo más triste de todo, era que yo si sabía por qué. Los entrenadores y las gatas ladraban a través de ellas. Me aparté decepcionada y solitaria.  Al darse cuenta de que a mí tampoco me interesaban las actividades perrunas tradicionales, en mi anomalía no había vuelta atrás. Los entrenadores lo sabían, y no encontraron qué hacer conmigo. Poco a poco me tomé mi papel en serio. Me convertí en una perra bastante librepensadora, trabajaba muchísimo, pero no soñaba ni con entrenadores ni con protección, mi miedo por los entrenadores se había convertido en desprecio, y a partir de este desprecio construí mi amor propio y mi integridad personal. Hubo castigos muy severos, se me torturó, se me golpeó, y por esto aprendí a mentir y a engañar a quienes tenían el poder. Sin embargo, algo comenzó a ocurrir que me hizo alejarme más aún hacia un camino solitario. Al parecer fue cuando mi generación de perras y gatas ya estaba lista para salir al mundo. Un día me escurrí jadeando por un hueco (una especie de tubería) ausentándome de la tradicional tarde de televisión. Caminé largo tiempo con mis cuatro patas caninas por aquellos corredores solitarios, y me entrometí en mis pensamientos, como solía hacer muy a menudo. Pero, de repente, vi una luz, un centelleo que ni siquiera en mis días de esplendor gatuno había visto: me fijé mejor, y allá entre la luz había algo así como un hombre, algo así como un perro, algo así como alguien que no había visto jamás. Mi curiosidad gatuna y mi miedo canino eran la misma cosa. Me acerqué para verlo mejor. No era un entrenador. Era diametralmente opuesto: bello, delicado y de expresión amable. Pero, ¿Era alguien? ¿O en realidad era una especie de espejismo? No lo podía saber. Estaba bastante sorprendida. Y cuando este extraño ser de luz me miró fijamente y me habló, quedé más sorprendida aún. Me alabó, me dijo que era inteligente, me dijo que mi corazón era noble. ¿Cómo sabía las dudas que yo ocultaba en mi corazón? Esa noche me fui muy pensativa a la cama. De esta manera, estimadísimo señor, descubrí muy prematuramente a los fantasmas. Esta fue una actividad absolutamente ilegal, creía yo. Desde aquel día, entré en contacto con ellos, pues al parecer me querían, y eso era muy reconfortante, y además podían adoptar la forma que yo deseara, por esto eran seres hermosos todos ellos, siempre luminosos y todos ellos inteligentes. Eran, sin embargo, todo un misterio para mí. Toda una sociedad de fantasmas, millones, y ¿Cómo era posible que nadie más los viera? Según lo que yo podía suponer, estas criaturas eran más marginales que yo, y en principio yo los admiraba, pues eran todo lo que yo había deseado ser, invisibles, transparentes. Sin embargo algo me decía que estos seres en realidad no existían. ¿Cómo comprobar que no se trataba de un delirio? No era comprobable. Cuando yo trataba de acercar mi hocico a ellos, de tocarlos con mis patas o lamerlos, no se sentía absolutamente nada, solo vacío, pero podía verlos y escucharlos, y, con mi desesperación juvenil por encontrar aliados en la lucha, con este extraño contacto audiovisual me bastaba para sentirme feliz a su lado. Comencé a ir en busca de ellos todos los días, y de esta manera sentía que me hacía más fuerte, porque ellos pensaban como yo y siempre me daban la razón, y esto me hacía perderles el miedo a los entrenadores y despreciarlos aún más. Me dediqué a investigar a los fantasmas. No sabía de dónde venían y por qué se me aparecían a mí, y no a cualquier otra perra. Repetidamente me hicieron sentir especial, y esto me hizo cometer el error de a veces sentir que mi anomalía me hacía ser más interesante, cosa que no había sentido hasta entonces. Hasta entonces había sentido culpabilidad por mi anomalía y un poco de resentimiento por las innumerables penas y pánicos que había tenido que resistir por ello. Todo esto se traducía en un extraño sentimiento revolucionario, que no estaba fundamentado en nada más que en el mismo miedo y era el efecto que producía la causa inexplicable, mi monstruosidad, mi diferencia. Pero jamás me había sentido orgullosa de ello. Hasta mi encuentro con los fantasmas, yo creía que mi anomalía era lo que me impedía ser feliz. Pero los fantasmas me convencieron de que a través de mi anomalía encontraría una felicidad superior. De alguna manera, encontré la identidad que hasta el momento no había construido. Me identifiqué con mi anomalía, hasta tal punto que ella y yo llegamos a ser la misma cosa. En una de esas reuniones clandestinas con el pueblo de los fantasmas, que tenían lugar en lo más profundo de las tuberías subterráneas, conocí un ser al que llamaban Reg. Me fijé en él porque lo encontré parecido a mí, a veces era un gato, a veces era un perro, pero yo era perfectamente consciente de que se trataba de otro fantasma. Sin embargo él se definía a sí mismo como un perro, como un perro revolucionario, y no es raro que haya causado en mí fascinación, ya que lo veía como un espejo, y esto se intensificaba porque cada vez adoptaba la forma más adecuada a lo que yo podía desear, y sin embargo era un ser mutable, a veces se dividía en dos, a veces era uno solo, a veces no estaba, brillaba de acuerdo a mi estado de ánimo, a veces era todo un gato, y a veces no lo era del todo, en fin se adaptaba constantemente a lo que yo quería que fuera. Entablamos una profunda amistad él y yo, compartíamos ideas, y él me enseñó mucho más de lo que cualquier persona me había enseñado. Y es verdad que yo lo amaba, es más, lo sigo amando, pues es el único ser del que alguna vez he aprendido alguna cosa. Pero ¿qué clase de amor era este? En esencia, Reg y yo no estábamos hechos de la misma sustancia. Cualquier intento de relacionarme con él o con cualquier otro fantasma se centralizaba únicamente en un contacto visual y auditivo, y esta irrealidad a veces me asustaba. Los fantasmas, son seres virtuales, están permanentemente en potencia y por ello no poseen una forma establecida, son neblinas brillantes, y cambian constantemente de un cuerpo virtual a otro. Cuando yo regresaba a la perrada y hacía preguntas con respecto a los fantasmas, nadie me sabía responder. Al parecer yo era la única que los había visto, y esto yo se lo adjudiqué a mi anomalía. Ninguna perra había visto jamás a un perro. No existía aquel concepto entre mis congéneres. En la lógica de todo el mundo solo existían perras, gatas y entrenadores. No existían ni fantasmas, ni perros, ni gatos. Todo esto parecía una locura inventada por mí en mis ratos de soledad. Pero yo hacía otro tipo de reflexiones. Comparaba a los entrenadores con los fantasmas y esto me hacía ver a los entrenadores enteramente ridículos. ¿Cómo se podía comparar la elevada inteligencia, firmeza intelectual y cultura de los fantasmas con la brutalidad de los entrenadores, feos y descuidados? Por otro lado se me empezó a ocurrir que afuera del centro de entrenamiento, existían perros y gatos de verdad, y que eran iguales a nosotras, que también se les entrenaba y que algún día los conoceríamos. Desperdigué esta idea entre las perras, y se propagó como un chisme muy rápidamente. ¡Existían perros! ¡Existían gatos! Iguales, entrenados y de nuestra especie, y algún día los conoceríamos. ¿De dónde surgieron estas ideas? No lo sé. Lo intuía, lo quería creer en mi corazón. Porque mi anomalía había vivido muchas pequeñas evoluciones, y ahora se había transformado en un hambre de justicia. El mundo del centro de entrenamiento comenzó a parecerme aburrido, oscuro y sin sentido, mientras que mi contacto con los fantasmas me apasionaba cada día más. Sobre todo con Reg, que era el único perro que conocía, o creía conocer más allá de su virtualidad. Él era todo un investigador, bastante pesimista, por cierto, pero se proponía a sí mismo metas avariciosas y creía firmemente en la revolución de espíritu. Según lo que yo recuerdo, él y yo llegamos a ser de la misma especie, batíamos la cola a la par y caminábamos sobre cuatro patas caninas de igual a igual, él era blanco con negro y yo bastante amarillenta, pero en fin, éramos dos perros, o eso era lo que yo creía firmemente. Se me comenzó a olvidar que él era un fantasma. Y este olvido era una enfermedad, que se expandió en muchos aspectos de mi vida. El concepto normal y lógico de lo que es la realidad se hizo pedazos. La realidad ahora era mucho más amplia, pero al no ser aceptada mi realidad deseada, la de los fantasmas, por los entrenadores y las perras, comencé a negar la realidad en sí misma y aceptar lo virtual como real y viceversa. Las cosas más espantosas sucedieron entonces, pero nada de esto me producía sorpresa. A toda hora me elevaba pensando en perros fantasmas, particularmente en un perro fantasma al que amaba más que a mi vida misma. No me sorprendió que anunciaran nuestra salida del centro de entrenamiento. No me sorprendió que para tener autorizado el  sello de salida fuera necesario pagar un tributo sexual a los entrenadores. En cualquier parte me encontraba con Reg, y además nadie lo veía, así que más o menos mi vida estaba solucionada. Pagué mi tributo sexual con una frialdad admirable, que a los entrenadores les produjo escalofríos. Sin embargo, yo tenía una esperanza. Creía en que era verdad que afuera del centro de entrenamiento había gatos y perros, y me frustré, únicamente de una manera teórica, al descubrir que no habían ni perros ni gatos en ningún lugar, sino más entrenadores, que además no eran muchos y continuamente los mismos, tristes, pequeños, gordos e inútiles entrenadores, algunos con corbatas y otros sin ellas, en fin, una sociedad de más y más entrenadores, que eran tan parecidos entre sí que daba lo mismo si eran muchos o eran pocos, así que no hubo mucha diferencia entre estar en el centro de entrenamiento y estar fuera de él. Sin embargo hubo algunas cosas que cambiaron. Ahora vivíamos en un mismo mundo perras y gatas. Las gatas, distinguidas, elegantes, con el pelaje brillante, se caracterizaban por volver locos a los entrenadores, en ocasiones se decía que los manipulaban y se aprovechaban de ellos, pero por lo general eran castas, fieles a su entrenador personal, todas las amenazas y chantajes hacían parte de su encanto. Se decía que eran independientes, pero yo no lo veía así, todo el tiempo las veía preocuparse por su belleza y por agradar a los demás con su cuerpo, usando todo tipo de tecnologías para hacer sedoso su pelaje y resaltar sus ojos brillantes. Buscaban estar a la moda y moldearse a ella, achicando o agrandando sus caderas según cada temporada, y yo no encontraba en ello ninguna independencia, más bien me daban pesar. No existía una sola gata sin entrenador. Cada una de ellas necesitaba de un entrenador para existir. Y dentro de su existencia se encontraba un extraño discurso de independencia absolutamente falso. Se podía probar su falsedad por su terror hacia la palabra soledad. No la soportaban cuando la escuchaban, se trepaban por los hombros de su entrenador y ronroneaban, para luego rechazarlo y darle la espalda, de modo que entre los entrenadores con gatas se hacía el chiste de que no había nada más complicado que una de ellas, ¿Quién entiende a las gatas? Decían.

Por otro lado las perras, vivían bastante frustradas. Algunas conseguían con mucho esfuerzo un entrenador para ellas solas. Pero por lo general no les duraba más de una semana. Los entrenadores continuaban golpeándolas sin piedad y burlándose de ellas. Las perras trataban de parecerse a las gatas. Algunas perras continuaron con la promiscuidad con la cual se les había educado. Pero seguían igual de frustradas. Era común, entonces, ver una perra suplicante detrás de un entrenador distante y apático. Muchas perras fundamentaban la vida en pasar de un entrenador a otro, sintiendo que de esta manera conseguían sobrevivir. Tengo que admitir que yo he sido una de ellas. ¿Cómo más podía sobrevivir? Pero yo guardaba un secreto, estaba enamorada de un perro fantasma, y me dediqué a hacer lo que ninguna perra había hecho hasta entonces: me propuse a usar a los entrenadores, como si se tratara de objetos capitales. ¿Cómo lo hace? Preguntaban perras, gatas, entrenadores. He sido una perra promiscua. He conocido a todas las infinitas gamas de entrenadores que existen. Y a todos ellos los he usado como objetos de sobrevivencia. ¿Cómo era capaz de hacer algo así de degenerado? Bueno, yo era un ser en esencia degenerado, así que no acepto ninguna recriminación moral. Yo amaba a los perros, no a los entrenadores, quería a alguien de mi misma especie, y como ni siquiera eso era pensable, mucho menos admisible, prefería amar a un perro inexistente que a un entrenador. Pero me equivoco en una cosa, yo creía que Reg existía. Sigo creyéndolo. Y al mismo tiempo sé que el concepto de perro es una invención mía. En práctica, un perro no existe, es una especie de teoría, más o menos una utopía, que se caracteriza por permanecer en potencia y no actualizarse jamás. Su máximo acercamiento a la realidad es un perro audiovisual, pero continúa siendo un perro virtual. Así que comencé a crear un intenso sentimiento revolucionario, que consistía en que en algún lugar del remoto futuro nacerían perros y gatos, compañeros igualitarios de perras y gatas, y esto sucedería en un mundo en el que los entrenadores no existirían más. Y en ese mundo ideal que yo proyectaba en el futuro, muchas generaciones después de la mía, perros y gatos serían iguales entre sí y ninguno discriminaría al otro, por su raza o por su especie, por sus rasgos físicos o intelectuales, y todos, bajo esta igualdad, buscaríamos la verdad y la justicia. En fin, era una perra absolutamente idealista, pero yo sabía perfectamente que sin mi contacto con los fantasmas nunca habría desarrollado estas teorías, ya que el entorno en el que vivía no me lo habría permitido. Hablaré ahora, estimadísimo señor, del estudio que hice del amplio mundo de los fantasmas. Los fantasmas están básicamente hechos de luz, y la luz puede adoptar cualquier forma. Encontré perras y gatas fantasmas, que a veces eran perros y gatos fantasmas. A veces, incluso, se transformaban en entrenadores fantasmas, y luego cambiaban y se convertían en otros animales, desconocidos, voladores, acuáticos, terrestres. A veces, un fantasma se dividía en varios fantasmas, a veces, varios fantasmas se convertían en uno solo. Encontré a muchas perras como yo en aquel mundo. Una de las cosas que más me extrañaba era que mi contacto con ellos podía darse en cualquier lugar. En una ocasión, sucedió algo que me dejó muy pensativa, y me llevó a adentrarme más en mi estudio. Estaba en un corredor grisáceo y solitario, conversando tranquilamente con Reg, que brillaba, como siempre, encantadoramente. Atrás de mí, pasó una patrulla de entrenadores que se quedó observándome. Como un eco de mi infancia lejana, recordé esas mismas miradas inquisidoras posadas en mí, y me vi atormentada por unas náuseas cuyo origen era bastante remoto. Pero entonces me di cuenta de que los entrenadores sabían lo que me estaba ocurriendo, y aunque no podían ver a Reg ni a ningún otro fantasma, conocían la lógica de lo que estaba haciendo, o sea que de alguna manera mis actividades fantasmagóricas no eran una novedad. ¿Qué quería decir esto? Antes de alejarse, los entrenadores se rieron de mí sin musitar una sola palabra. Esa noche, igual que hacía siempre, me enrosqué al lado de Reg, y una vez más traté de lamerlo, tocarlo con una pata, obviamente en vano, tratando de demostrarle mi afecto, sabiendo que si alguna perra me veía haciendo lo que realmente estaba haciendo, me vería aislada en soledad, frotando mi pelaje con el vacío y lamiendo el aire. Le hablé a Reg una vez más de mis deseos y mis temores, y le expuse nuevamente la actualidad de mis investigaciones. Y él me habló de las suyas, me habló de que el mundo era mucho más amplio de lo que yo me podía imaginar, de que era saludable pensar desde afuera de la sociedad en la que vivía. Pero esa noche él me reveló un secreto que me dejó muy entusiasmada. Me dijo que existía un lugar, un lugar real, en donde los fantasmas tenían un cuerpo, y me dijo que ese lugar se encontraba en esta tierra, que solo era cuestión de que yo lo buscara. Seguramente era cierto, era lo más razonable, porque si no era así, ¿de dónde veían los fantasmas? Tenían que existir en alguna parte. Durante esta época, al parecer comencé a parecerme nuevamente a una gata, pues los entrenadores me respetaban considerablemente, incluso me llegaron a alabar y aparentemente me estimaban. Yo ya me había acostumbrado a los giros constantes que suele dar la vida. Poco me importaba si la gente creía que era perra o gata. Para sobrevivir, ya que mi autoestima estaba en un momento de esplendor, se me ocurrieron varias soluciones a mi existencia. Una de ellas era algo que, según mis consideraciones, a nadie se le había ocurrido antes. ¿Podía yo convertirme en una especie de entrenadora de entrenadores? Esto era muy inseguro. Inmediatamente en ese momento apareció una pregunta reveladora: ¿Quién entrenaba a los entrenadores? Reg, que era el único ser que se ocupaba de mis preguntas, me respondió que a los entrenadores los entrenaban otros entrenadores, y que esto se podía representar como una pirámide de infinitos niveles de entrenadores con más poder que otros, hasta llegar a un entrenador total, que era el creador de este imperio. Ahora todo tenía un sentido. Era bastante lógico lo que Reg estaba diciendo. Empezaba a comprender por primera vez como funcionaba el mundo. Lo único, sin embargo, que carecía de sentido era la extraña existencia de los fantasmas. ¿Qué hacían los fantasmas en todo esto? Al parecer existían en algún lugar de la tierra, pero, por el momento, no intervenían en nada de lo que sucedía a mí alrededor. Por otro lado, mis teorías revolucionarias eran fantasmas también. El mundo igualitario con el que soñaba era también un fantasma. Los entrenadores iban y venían. ¡Gatita linda! Me decían, y luego me llamaban ¡Perra inmunda! Y se alejaban. Un día traté de poner en práctica lo que había concluido gracias a mis investigaciones fantasmagóricas. Traté de entrenar a un entrenador. Me rebelé contra él. Lo mordí, y él me golpeó. Descubrí que en esencia estamos en una triste desventaja física con respecto a ellos, lo que me llevó a pensar lo siguiente. ¿De dónde venimos, perras y gatas? ¿Cómo nacemos? La última pregunta era evidente. Dentro de la educación que recibíamos, una de las cosas más importantes era que nos acostumbráramos a la idea de inseminación. Gatas y perras seríamos madres, esto era una especie de ley social irrevocable. Y yo podía verlo realizarse en práctica. Era más que común ver a tres o cuatro entrenadores atrapar a una perra para inyectarle con jeringas un extraño líquido, que poco tiempo después las convertiría en madres de muchas perritas. En el caso de las gatas, sucedía lo mismo, solo que eran inseminadas por un único entrenador y no por varios. Bien, ¿De dónde sacaban los entrenadores este líquido mágico? Se nos había enseñado que de una bodega subterránea, no se había especificado en dónde se encontraba aquella bodega. Hasta ahí se nos explicaba de qué manera nos reproducíamos. Pero hacerse este tipo de preguntas más allá de lo que se nos enseñaba era impensable, y por lo tanto yo lo hacía. ¿Cómo se reproducían los entrenadores? Siempre aparecían entrenadores jóvenes, ellos también envejecían y seguramente morían. Esta pregunta, hasta el momento, no la he solucionado. Es uno de los misterios de la ciencia. Obviamente, como es debido, se me trató de inseminar varias veces. Pero mi anomalía física me impide ser madre. Todos hemos tenido que aceptar mis problemas físicos. Además, a nadie le interesa que nazcan más seres anormales como yo, ni siquiera yo quisiera que sucediera algo así. En fin, también he podido observar que a las madres les arrebatan sus cachorritas en menos de dos meses, y se las interna en un centro de entrenamiento intensivo. La maternidad no es compatible conmigo. Soy un ser condenado a una soledad incondicional, y el mundo en el que me encuentro a gusto es un mundo virtual y fantasmagórico. Por ello he elaborado una teoría espiritual. Mi alma es la de un fantasma, pero por desgracia estoy atrapada en un cuerpo y debo cumplir con muchas actividades corporales. Y, sumándole a esto, que mi cuerpo es bastante anormal y monstruoso, estoy absolutamente expulsada de la sociedad en la que nací. Sin embargo, aún me brotan lágrimas y se me escurren por el hocico de solo recordarlo, mi amado Reg insistía en que mi anomalía me hacía poseer una belleza inigualable por alguien normal, y no le habría creído si no me hubiera visto reflejada en él: para mí, él ni siquiera poseía la belleza, él era la belleza misma. Y él era un híbrido entre un gato y un perro, por lo tanto, yo deducía que en algo yo me parecía, y que por ello existía en mí alguna belleza. A veces, incluso, él era una perra o una gata que se parecía a una perra. En estos momentos, al contemplarlo extasiada, estaba viendo exactamente lo mismo que había visto en el espejo cuando me vi reflejada por primera vez. En otras palabras, amarlo a él era lo mismo que amarme a mí misma. En una ocasión, mis investigaciones llegaron bastante lejos. Se me ocurrió que la madre de la madre de la madre, de una generación milenariamente pasada, olvidada, más antigua que la sociedad misma, había sido libre. Tal vez existió alguna vez, le dije a Reg, un mundo en el que existían perros y perras, gatos y gatas, y no habían entrenadores. En esos días, que hasta el momento yo proyectaba en el futuro, no había desigualdad. Es muy probable, me respondió Reg, es más, me parece que la ciencia lo ha probado, entre todos los integrantes de la sociedad, los entrenadores son las criaturas más nuevas. Antes, me dijo, había perras y gatas salvajes. Y ¿cómo se reproducían estas criaturas? Era necesario que existieran perros y gatos en aquellos días. Así que desde que descubrí estos razonamientos, he concluido que lo que deseo yo en realidad es la recuperación de una sociedad primitiva, y que la proyecto en el futuro con una extraña esperanza.  Lo que no encajaba en ningún lado era la existencia, o inexistencia, o existencia teórica, de los fantasmas. Mi vida perruna continuaba igual, siempre hallaba alimento, a veces más y a veces menos. Cuando se me preguntaba, ¿usted es perra? Yo respondía, eso creo y eso espero.  Cuando alguien llegaba y me decía, oye, Laika, ¿cómo te trata la vida? Yo solía responder, igual que a todo el mundo, bastante bien. Pero en todas esas palabras había una intención de camuflarme en la multitud. Nada me causaba más ofuscamiento que me trataran como a una gata. Yo soy una perra, les recordaba, y estoy infinitamente orgullosa de serlo, agregaba. Aparecieron entonces muchos entrenadores que se me ofrecieron para entrenarme individualmente. Algunos llegaron con flores, otros llegaron con cadenas. Unos me suplicaron y otros me forzaron violentándome. Yo, que no entendía nada, acudí inmediatamente a ayuda perruna y las demás perras me explicaron que era mi deber aceptar semejantes peticiones tan caballerosas. Jamás les conté a las otras perras todas la veces que rechacé a los entrenadores, fueron millones, es más, llegué a tener más éxito que una gata sofisticadísima, y a todos los rechacé, argumentando que mi caso necesitaba del entrenador más profesional de todos, ya que yo poseía una anomalía que no había sido resuelta por la ciencia. Al hablarles de mi anormalidad, el asco de los entrenadores era inmediato. Mi asco por ellos era lo único que se les anticipaba. En realidad, nuestros sentimientos de asco eran mutuamente correspondidos, se mezclaban en un asco universal, y cualquier contacto entre los entrenadores y yo tenía que pasar necesariamente por ese asco universal. Tal vez lo que sucedía era que yo era un entrenador y no me había dado cuenta, pensé un día. Pero estas ideas fueron inmediatamente rechazadas. Conocí algunas perras que querían ser entrenadores. Practicaban con rigor su oficio, y en unos cuantos años eran exactamente iguales a un entrenador. ¿Y qué sentido había en ello? Me sentí muy entusiasmada de saber que este tipo de perras existían. Pero hay que entender que el objeto de mi desprecio y de mi asco eran los entrenadores. Yo no toleraría jamás transformarme en el objeto de mi desprecio. Ni siquiera en los momentos en los que mi autoestima estaba en crisis habría aprobado esa idea. Al parecer, este problema podía dar todas las vueltas imaginables y no aparentaba tener solución alguna. Mis ánimos andaban por el suelo y hasta en algunas ocasiones llegué a decirme a mí misma, tal vez mi error es tan grande que va a llegar un día en el que se devorará a sí mismo, y ahí se me verá, colgada de la cadena una vez más, con el hocico abierto y la lengua babeando. Los años pasaron cada vez sentía que mis dudas sin respuesta se iban  multiplicando. Había concluido varias cosas. 1. Mientras los entrenadores sobrevivían gracias a su trabajo, y se les retribuía por esto, las perras y gatas sobrevivíamos a través de nuestro cuerpo, por lo tanto nuestro cuerpo poseía el mismo valor que tiene el trabajo. Cuerpo- trabajo. En últimas es como decir, pasividad- actividad. Según mis conclusiones, la sociedad vivía a través de nuestra pasividad. Y la amamantábamos con nuestro cuerpo- recurso- renovable. 2. Se nos enseñó concebir nuestras existencias a partir de los entrenadores. Nuestros logros, nuestras metas, nuestros deseos, y en general todo en nuestras vidas giraba en torno a los entrenadores. No hacía falta rascarse durante mucho tiempo la nuca peluda para saber hasta qué punto yo también estaba dentro de este juego inútil inventado por los entrenadores, giraba en torno a ellos pues los necesitaba para sobrevivir, y además mis investigaciones también formaban extrañas órbitas a su alrededor. Puro entrenadorcentrismo. 3. Reg y yo llegamos a parecernos tanto, que durante algún tiempo se me olvidó que no éramos la misma cosa, en otras palabras, yo me comportaba como un perro, no como una perra. Esta mímesis surgió a partir de mi incapacidad de comprender qué era Reg y qué era yo. Aparentemente, yo era un no- yo, y Reg era un no- Reg, por lo tanto, no era muy impensable que, teniendo esa libertad que es el producto de la negación de lo que todos consideramos que es la existencia, Reg y yo no fuéramos la misma cosa. Al estar informada de todas las actividades de Reg, en un mundo que supuestamente existía en la realidad, un día tomé la decisión de partir en busca de ese mundo. Esta es una de las razones por la que se me capturó. Tal vez el delito más ilógico y descabellado, pero no se me puede culpar. Ya lo había intentado todo: no podía ni ser gata ni ser perra, no podía entrenar a un entrenador ni convertirme en él, y no podía tampoco disolverme como un fantasma por más de que no había nada que deseara con tanto fervor. Solo me quedaban dos opciones: morir o vivir con una esperanza loca, absolutamente equivocada, de que existía en el mundo un lugar para mí, y ese lugar al existir, potencialmente, tanto en el futuro como en el pasado, tenía que de alguna manera actualizarse en el presente. ¿Cómo podía llenar mi pecho de aire y llenarme de convicción, y andar por la calle batiendo la cola para mis adentros, mientras la gente me observaba como si yo fuera un ser peligroso? ¿Había aceptado un dogma, una especie de creencia incomprobable, un lugar desesperado en donde el investigador racional se retuerce y se muerde la cola, y termina manipulando a la ciencia para que se abra a la llegada de un milagro? ¿Y cómo no creer en milagros con semejante desamparo? ¿Cómo no terminar cayendo entre el excremento pulgoso de la fe si la proyección de los fantasmas había sido, de alguna manera, milagrosa? Yo no soy una perra tonta. Sé perfectamente la relación matemática que existe entre la fe (creer en un milagro) y la ignorancia. No puede crecer la una sin la otra. Pero como cada día me daba cuenta de que todo conocimiento estaba restringido, y empecé a ser un poco realista y acepté mi ignorancia hasta donde la podía tolerar. Y también fui franca y acepté mis extraños sentimientos religiosos hacia los fantasmas. De este modo, me propuse a abrirme camino hacia el entrenador total, de nivel en nivel, para comprobar y poder saber en dónde estaba situado el paraíso fantasmagórico al que mi espíritu pertenecía. Y siempre olisqueando lo inoloro, es decir, evitando todos los olores y buscando el olor ausente, como una cazadora de ausencia. Cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba, yo respondía, me dedico a coleccionar ausencia, y la necesito toda, una muralla de ausencia, la torre más alta hecha de ausencia que se haya construido jamás. Bien, no era muy probable que con las dimensiones de mi delirio pudiera llegar muy lejos. Es más, creo que entre el momento de mi decisión definitiva y el momento de mi captura, la diferencia fue de unos cuantos días. Y, ¡ay!, señor administrador de todo esto, nunca, en todo este lugar al que, por razones desconocidas jamás he pertenecido y por lo tanto no tengo autorizada una existencia pacífica, se me ha expuesto una explicación tan aterradora, que ni siquiera yo la habría considerado jamás. Y mi hambre de verdad me carcomía las entrañas cuando le dije al entrenador abogado que me traía novedades de mi caso: creo haber comprendido el mundo, que es algo que no es demasiado posible en una perra, por el modo en el que se nos educa. Pero, sin embargo, hay una sola pieza en todo este sistema que no comprendo. ¿Por qué nadie fue capaz jamás de ver a los fantasmas que yo veía y sigo viendo? ¡Tonta! Me respondió el abogado, ¿No ves que los fantasmas que te persiguieron año tras año están únicamente reservados para ti? Nadie más puede verlos, porque fueron fantasmas diseñados a tu imagen y semejanza, hechos por entrenadores de elevado rango, únicamente para ti. Y no es una anomalía, ni siquiera una pequeña rareza, pues cada perra, cada gata, tiene sus propios fantasmas, incognoscibles por los demás miembros de la sociedad, y todas, perras y gatas andan girando en torno a la hipnosis que les produce esta hermosa ausencia, irresistible presencia ausente, imágenes vacías que las suelen llenar de esperanzas carentes de sentido. De esta manera se mantiene el orden. ¿Cómo crees, si no es así, que se mantiene la sociedad estática sin ninguna revolución? Cada revolucionaria está tan aislada y tiene tanto miedo de expresar sus atormentados pensamientos, que tenemos científicamente comprobado que es imposible que existan complicidades entre ustedes. Por otro lado, la revolución y los fantasmas son un entretenimiento. Entretenimiento- entrenamiento, ¿no te suena parecido? Es más, es exactamente lo mismo. Así que cada una de ustedes tiene una colección de fantasmas personal, invisible para todos los demás, que se encarga de entretener y de esta manera, en fin, entrenar…

Bien. ¿Estamos condenadas a girar con nuestras míseras vidas alrededor de seres ausentes? Al parecer, si. Por lo menos, yo, ya soy una perra bastante adulta como para volver atrás. Si pudiera hacerlo, regresar al día en el que conocí a mis fantasmas, no me arrepentiría de haberme ido con ellos. Me hayan entrenado, o no, ya es algo que me resulta insignificante.

Pero entonces el abogado me dijo, te vamos a presentar a Reg, si, al verdadero Reg. Durante noches horribles no pude dormir. Esta noticia, que era con lo que había soñado tal vez toda mi vida perruna y gatuna, por algún motivo desconocido, me resultó espantosa. ¿Iba a llegar Reg con la forma de un entrenador? Esto me resultaba tan deprimente, que hice lo que pude para evitarlo. Sin embargo no se me informó de nada más por el momento. Mi abogado estaba averiguando cuál sería mi castigo, y yo no podía hacer mucho. Cuando Reg apareció de nuevo en forma de fantasma, fue difícil encontrar una forma coherente de hablarle, pero pronto me di cuenta de que no tenía sentido fingir que por mis convicciones había decidido rechazarlo. Me fui y me le enrosqué al lado y le dije, oye Reg, que me cuentas, como van los entrenadores por allá en esas alturas. Y me dijo, ahí vamos bien, tratando de cambiar el mundo en el único lugar en donde esto es posible, arriba del que está más arriba, y más allá. Y yo que estoy más abajo que la sociedad misma, me quejé, seguramente ignoro las pocas posibilidades de poder hacer algo que por lo menos se parezca a cambiar el mundo. Luego levanté la cabeza y le dije con muchísima seriedad: lamento mucho no ser un fantasma. De verdad lo siento. (Quería insistir en creerme a mí misma mi propio engaño. Esta terquedad, era necesaria para que mi espíritu no se desconstruyera inmediatamente) Durante el día se me preparaba con extrañas señales para acostumbrarme a la idea de encontrarme con el verdadero    Reg. Pero a mí no me interesaba qué era verdadero o no. ¿       No podían dejarme ser feliz con la irrealidad que me daba consolación? ¿Estaba mal, como todo lo que hacía siempre? Rotundamente, si. Todo lo que hiciera o no, estaría mal de todas maneras. ¿Por qué? Pues porque yo tenía una anomalía y punto. Caso cerrado.
Este es un mundo inventado por los entrenadores. Las gatas son un invento de los entrenadores. Las perras también. Yo misma soy un invento de entrenadores. Y además ni siquiera los entrenadores tienen la culpa. Ellos pertenecen también a un sistema creado por entrenadores en el pasado, y por sus perras y gatas que eufóricamente los apoyaron.

Llega mi abogado con una gata enroscada en su cuello, su secretaria, y me anuncia con benevolencia mi condena. Seré expulsada de la atmósfera terrestre en esta misma celda, un cohete espacial que me hará volar lejos de la tierra, y moriré aproximadamente en unas tres horas. Wooo que emoción. Además de perseguirme y acosarme incansablemente desde mi nacimiento recordándome que soy un ser monstruoso, se me transformará en un ícono de la ciencia. Recuerdo que en mi juventud, algunas de esas tardes calurosas en las que el hambre me hacía olvidar mi autoestima, me acercaba jadeante a los portales de la ciencia, preguntándoles a los entrenadores armados por el instituto Pavlov, al cual llegaba, me sentaba salivando, y aparecía un entrenador tan condicionado que sin ninguna explicación hacía sonar una campanilla antes de traerme un plato de comida. Y luego escribieron muchos libros acerca de mí y mi condicionamiento. Igualmente ahora, me transformarían a mí, víctima de mí misma y de mis semejantes multiplicados en mí, en heroína multiuniversal y transhistórica, Laika, la perra voladora, para arrastrarme del cuello, agarrándome de las patas y la cola y apretándome la boca con las manos heladas, para meterme adentro de la sociedad de todas maneras. Sí. A esto quiero llegar, señor entrenador total. Mi vida ha sido un hilo invisible entre el terror y la satisfacción, las dos actitudes, contradictorias y sin embargo empáticas, que he asumido hacia mi anomalía. Acabar con estos dos estados de mi alma es acabar con mi vida misma. Y al parecer, en eso consiste mi castigo en realidad. ¿Cuál es tu peor pesadilla? ¿Pertenecer…? La haremos realidad de la manera más fastidiosa y contundente: pertenecer para siempre como imagen, como una cosa peluda y volátil, en fin como un fantasma. Y además me dicen, los entrenadores somos tan pero tan buenos que cumplimos con tu deseo de transformarte en fantasma. Nuevamente la del error soy yo en esencia. Y los entrenadores tienen como meta ser los mejores y ganar el juego para siempre, apaleando eternamente mi conciencia y entrenando esta misma historia a su conveniencia y acomodo, haciéndola girar y dar saltos como una perra estúpida. Podrán mostrarme a mí también como una perra estúpida. Después de todo, los entrenadores tienen la institución y el poder de su lado, así que son ellos los que deciden qué es mentira y qué es verdad. Yo lo sé y esto mismo prueba que no soy una perra estúpida. El peor de todos los castigos imaginables para mí es que mis enemigos hagan todos mis sueños realidad. Nuevamente es una demostración de poder, no solo sobre mi cuerpo, sino también sobre mi pensamiento y mi voluntad. No es ante la idea de la desintegración donde aparece el terror. Mi muerte física no tiene casi ninguna importancia en comparación a las dimensiones del choque que tengo en este momento en mi alma y mi cabeza. Es un lugar en donde se pone en evidencia la obscena pequeñez de mis deseos: esos deseos, que me empujaron a través de la vida, que me dieron algo en qué creer y algo por lo cual entregar mi ser entero a ideales nobles y revolucionarios, son ahora tan insignificantes que cualquier entrenador puede cumplirlos en menos de cinco minutos y sin ningún esfuerzo, y además no alteran en ningún aspecto el mundo en el que vivimos.   Y es allí donde se me comprimen los órganos del terror, es ahí donde mi anomalía, mi monstruosidad, es la cosa que más odio, y aúllo y maúllo y quisiera ser una perra normal, una gata normal, pero esta es otra fantasía fantasmagórica producida por las paredes de mi celda que cada vez parecen comprimirse más, fenómeno ante el cual la única solución es empequeñecerme exactamente a la misma velocidad, para adaptarme de una manera desesperada al poco aire que me va quedando a medida que pierdo espacio a mi alrededor. Explotan los motores y siento el fuego quemándome bajo mis pobres y temblorosas patas.

Este es un mensaje para ti, Reg, entrenador total, creador y destructor de este imperio. Sé perfectamente que no tienes la más mínima idea de quién soy. Tú siempre estuviste en tu mundo y siempre de ocupaste de tus asuntos. Todo lo demás, digamos, por más de que no sea cierto, fue mi imaginación. Me presento entonces. Dando mi vida a las estrellas y estallando mi cuerpo contra los meteoritos, yo soy el monstruo que está aquí para anunciar, con el aullido más visceral, la mujer que vendrá y poblará el futuro. Y sí, soy un monstruo tramposo, capaz de traicionar al mismísimo perro que me acompañó a través de la vida, pero Reg, tú estás en todas partes y llenas todos los casilleros de este vacío inmóvil, impregnas todas las moléculas de esta tierra desesperada, y me importa un hueso roído si entrenaste a todo el mundo. Te amo, ¿cómo no lo puedes ver? Y me importa el mismo hueso roído si mi amor es la prueba más evidente de que estoy completamente entrenada por ti. Y sé perfectamente que entiendes mi aullido visceral y que además estás de acuerdo conmigo. Te unes al aullido visceral porque no crees en el mundo que tú mismo creaste y deseas, muy en el fondo de tu corazón, que se vaya para abajo. Y además hay algo bastante claro: los límites entre lo que eres yo y lo que soy tú, son hilos invisibles y en práctica, no existen. Sí, no existen. ¿Qué puede importar todo lo demás? ¿Qué importan las causas, los efectos, tus engaños, los míos, la mentira o la verdad? ¿Cómo le puede importar todo esto a una perra que se encuentra ante la desintegración? Sí, me dirijo a la velocidad de la luz hacia la desintegración. Tú eres mi adrenalina, y la fuerza que me empuja. Desde mi nacimiento, yo he sido un ser disgregado, descompuesto, múltiple. Tú eres mi desintegración original. Tú eres la fuerza que separó y unió a la perra y la gata. Tú hiciste compatibles los opuestos disgregados. Y formaste un todo con las partes. Tú me atravesaste. Cuestionaste mi mundo. Excavaste en busca de verdad y engaño, invertiste el orden preestablecido. Te rebelaste. Mordiste la mano que te dio de comer pues era la misma mano que quería entrenarte hasta hacerte desaparecer entre las demás perras. Y le ladraste a las puertas cerradas. Así que volaste. ¡Y qué lejos llegó tu vuelo! Me sobrepasaste. Superaste los límites de lo cognoscible. Creo que alcanzo a tocarte, Laika, un poco más allá de lo que pueden ver mis ojos. Alcanzo a olerte más allá de lo inaudible, y de esta manera la cercanía y la lejanía poseen las mismas dimensiones.  Y atrás una nave fantasma se hace pedazos. Es fantasma. No la sentimos. Es audiovisual. 


Laika

Esta fábula fue escrita en su totalidad por el corazón de Casandra Garavito Pabón "Chanda Ot" a la edad de 19 años. La reproducción (incluidas las ilustraciones), copia, y publicación no autorizada y otras formas de plagio están prohibidas por la ley de territorio de venta sobre derecho de autor y por noventa y tres mil millones de espíritus caninos que desde otras dimensiones son los guardianes de este aullido literario.




1 comentario: